Myopia

nostalgia noventera

El cassette regresa con el autoestima regenerado

Redescubriendo el cassette como formato coleccionable

Escrito por: Roberto Espinoza
Visuales de: Sergio Díaz de Rojas

Nunca en mi vida había escuchado un cassette hasta que hace unos días le pedí prestado a mi madre la radio Sony que apareció sobre su mesa de noche. Una reliquia que gracias a la pulcritud de mi abuela todavía opera a la perfección y que ahora mi mamá ha puesto en uso. “Es japonés,” me explicó mientras me lo llevaba, como reafirmandome de que Japón verdaderamente la hizo como sinónimo de calidad y tecnología máxima. Todavía funciona y a diferencia de muchos, a ella todavía le parece útil.

Yo, en cambio, voy para atrás. Soy adicto a coleccionar libros (que no siempre leo) y me gusta guardar cosas inservibles en un cajón que nunca abro. A mi novia le regalé un vinilo de Grimes por su cumpleaños y por supuesto que le encantó. Síntoma de una generación que se la juega por los anacronismos. ¿Nos habrá pasado factura consumir solamente en bits y píxeles? Al parecer, nos gusta tocar cosas.

Si pensamos en números, tan solo el año pasado se vendieron más de 3 millones de vinilos en el mundo y se alcanzaron los número más altos en ventas desde 1991. Fue también el primer año en que se compraron más vinilos que descargas digitales. Sin duda, un formato popular, pero que todavía pocos artistas locales tienen la posibilidad de aprovechar por un par de razones sencillas: en Perú no existen fábricas de vinilo y conseguir hacerlos es excesivamente caro. Lo interesante es que no todos creen que el CD es la mejor opción. Algunos de ellos ya están probando otros formatos como el cassette.

Mi primer cassette llegó gracias a Faro Discos, un compilado que el sello independiente limeño lanzó por su segundo aniversario. Creo que me costó 15 soles (menos de 5 dólares) e incluía lanzamientos especiales de todos sus artistas. Lo compré, y como buen nostálgico lo guardé en un lugar especial dentro del cajón de las cosas inservibles. Paso siguiente, le puse play al disco en Spotify. Fue ridículo pero me hizo feliz tenerlo en el pedestal de mis cachivaches. Así quedó durante meses hasta que se me ocurrió prestarme la radio heredada por mi madre. Se escuchaba apenas más lento y no le podía subir mucho el volumen porque saturaba, pero digamos que era un sufrimiento necesario. Para qué mentir, me gustó. Quizá por la extraña sensación de nunca haber experimentado un sonido parecido. Me agarró en la nostalgia.

Pronto me llegaría otro golpe de suerte. Sergio Díaz de Rojas, 22 años, pianista, compositor, y amigo mío, acababa de lanzar una edición limitada de su último EP colaborativo, ¡en cassettes! Empecé a entender que se trataba de una tendencia. Investigando me enteré que en Estados Unidos una compañía llamada National Audio había vendido 5 millones de dólares en cassettes el año pasado —una locura. Manufacturan sobretodo para artistas independientes, pero cada vez más sellos grandes se muestran interesados. Entre sus clientes está Justin Bieber. En Perú, son los artistas independientes como Sergio los que están incursionando en este tipo de lanzamientos alternativos. Pero, ¿música clásica contemporánea en cassette? Entenderán que debía sentarme a conversar con él.

cassettes en tonos de rosado
The Morning is a River, el EP de Sergio Díaz de Rojas y Seraphina Theresa, en cassette (archivo del artista)

A pesar de haber recibido formación clásica, y venir de una familia de pianistas clásicos, a Sergio no le acomoda la etiqueta de músico clásico. Reconoce lo suyo como música alternativa y se identifica más con artistas como Keaton Henson o Sufjan Stevens. Una de las inspiraciones para el lanzamiento de The Morning is a River, el EP fruto de la colaboración entre Sergio y la artista alemana Seraphina Theresa, fue el sello alemán Dauw.

La decisión resulta estratégica y responde a necesidades estéticas, económicas y de posicionamiento. Por un lado, hacer cassettes es mucho más barato que hacer vinilos. Por otro lado, el CD está muy alejado de su identidad como artista. “El CD como objeto no representa lo que yo hago. Los cassettes, en cambio, son perfectos. Tiene esa conexión con añorar cosas pasadas, con la nostalgia, que es algo muy característico de mi trabajo,” me dice. “Los cassettes representan una época que no he vivido y yo hago música sobre cosas que no conozco,” agrega.

El primer lanzamiento físico de Sergio debía de ser algo especial. Para muchos artistas locales es una tarea monumental realizarlo. La mayoría opta por el CD. Se realizan fiestas y conciertos pro-fondo para imprimirlos. Se mandan a hacer y a la hora de comercializarlos terminan apilados dentro de una caja de cartón. Es difícil competir en un mercado que cada vez tiene menos demanda y que empieza a sentirse desactualizado. No pasa lo mismo con el cassette por su potencial como objeto coleccionable. Es más personalizable que un CD y es visualmente más atractivo. Sucede que el abuso de procesamiento digital en la música actual está muy asociado al formato que la sostiene y los artistas están buscando desligarse de esa etiqueta de superficialidad y consumo que destella el CD.

“Hicimos solo veinte con la intención de dárselo a las personas que de verdad quieran tenerlos, no esperaba venderlos. Ahora solo me quedan tres.” Yo soy uno de los felices compradores. “Siento que le debía algo a la gente que me escucha. Van dos años lanzando música solo de manera digital, pero la idea era poder de alguna u otra manera materializarlo, ” explica.

Sin embargo, no fue un proceso sencillo. Sergio tuvo que mandarlos a hacer en Berlín pasando por varios inconvenientes. “Pasa que al momento de enrollar la cinta, el cassette se come siete segundos de música al comienzo y al final. Le pedí a la empresa que necesitaba estar 100% seguro de todo estuviera completo, pero fue muy duro porque la persona con la que tratábamos no hablaba inglés. Una semana antes de que nos envíen los cassettes me enteré lo que ya intuía: se comían los siete segundos al comienzo y al final. Tuvieron que volver a hacer las cintas.”

Así como yo, Seraphina tuvo que pedirle prestado un reproductor a su vecino para poder escuchar los cassettes una vez que le llegaron a su casa en Alemania. Claro que no tenía uno. Por mi parte, ya estoy esperando la segunda adición a mi todavía pequeña colección. No sé hasta donde llegue este nuevo hábito, aunque por lo pronto he empezado por hacerle un espacio a los cassettes en el estante junto mis libros, ahora muy lejos del cajón de las cosas inservibles. Como tendencia o como lo que sea, si es que hay una cosa me ha quedado clara es que, sea en Lima o en Berlín, los cassettes hay que descubrirlos en el reproductor de otra persona.

Roberto Espinoza

Músico y escritor peruano.

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