narrativa

Ayudando a un amigo a sobrepasar una adicción

El opio y la crisis de salud pública en Portland

Escrito por: Will Carter
Visuales de: Shreya Chopra

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Este artículo comenzó como un vano intento de aprovechar el actual contexto Milenial respecto al uso de drogas. Se suponía que sería algo parecido a un artículo de Vice promoviendo los beneficios de utilizar drogas para explorar los recovecos internos de la mente del artista, explicando la historia de intelectuales que abusaron de ellas, desde Coleridge y Freud hasta Jimi Hendrix y Allen Ginsberg—clickbait, pero clickbait inteligente, quiero creer. Investigue, elegí algunas frases para reforzar mi argumento, incluí un par de anécdotas personales, pero finalmente me vi incapaz de cribar las trivialidades y sintetizar algo novedoso y significativo. Me vi incapaz de convencerme del valor de mi propio argumento.

Como un artista que utiliza drogas, y que en algún momento las usó liberalmente, asumí que esté artículo se escribiría por su cuenta. Una versión más joven de mí no habría tenido problemas en reunir todo dentro de un artículo de opinión gracioso y relevante. Una serie de eventos desafortunados ha regulado mi juicio desde entonces, y me ha hecho reevaluar mi relación con las drogas, y con el periodismo. Soy de Portland, Maine, un centro urbano en la costa de Nueva Inglaterra que difícilmente podría llamarse una ciudad revisando la población (aproximadamente 66 000 habitantes). El propio Maine tan solo tiene 1.3 millones de habitantes, y para un lugar tan pequeño tiene casos desproporcionadamente altos de sobredosis opiáceas. En 2016 el estado promedió un poco más de una muerte por sobredosis al día. La cocina comunal de Portland está siempre repleta y no es raro que los trabajadores del albergue se vean forzados a administrar Narcan (la controversial droga para lograr la abstinencia instantánea) cuando cada vez más personas tienen sobredosis en las propias instalaciones.

Estos hechos por su cuenta deberían ser suficientes para hacer reflexionar a cualquiera. La adicción a los opioides es una crisis de salud pública, y lo consideren o no, podrían verse incapaces de evitar sus consecuencias más perjudiciales, como un amigo cercano tuvo que descubrir.

Jared y yo hemos sido amigos desde que éramos niños (‘Jared’ fue su pseudónimo preferido) y es una de las personas más inteligentes que conozco. Por eso me sorprendió enterarme que luego de graduarse de la universidad no había logrado bajarle el ritmo al espiral cuesta abajo que se había convertido su adicción al Adderall, la cocaína y el alcohol. El espiral casi le cuesta la vida, y acudió a mí en su momento de necesidad.

Esta era la primera vez que un ser querido cruzaba la barrera del “mal hábito” y cultivaba una adicción que ponía en peligro su vida. La experiencia de ver a mi mejor amigo atravesar dolorosos períodos de abstinencia me afectó más de lo que estoy dispuesto a admitir. Empecé a reevaluar mi propia relación con las sustancias y la relativa facilidad y comodidad con la que compro y consumo sustancias de todo tipo, desde las blandas hasta las psicotrópicas. Sentí la necesidad de interrogar mi posición socioeconómica dentro del panorama del consumo de drogas y cuestionar el motivo detrás de todo. ¿Acaso las sustancias me ayudaban realmente a descubrir la fuente de mi creatividad? ¿O era esta una excusa para evitar responsabilidad, aparentar ser progresista, y/o, llenar alguna especie de vacío? La respuesta fue, desafortunadamente, sí, sí, sí y sí.

Desde entonces, he estado haciendo todo lo posible para ayudar a mi amigo a lo largo de su recuperación, y lo he acompañado mientras atraviesa sus varias etapas. Más recientemente, luego de varias recaídas, decidió que internarse en un centro de rehabilitación era su mejor chance de mantenerse sobrio. Sin embargo, a medida que él y su familia iniciaron el proceso de aplicación, descubrieron que muchos, si no todos los servicios ambulatorios y de hospitalización legítimos, públicos y privados, estaban repletos con pacientes en recuperación de su adicción a los opioides. Como si fuera poco, mientras los subsidios para la asistencia médica estatal y federal continúan reduciéndose, los seguros de salud estatal dejarán de cubrir tratamientos a corto plazo, dejando a las familias de ingresos medios como la de Jared afrontando una gran carga económica o renunciando al tratamiento del todo.

Esto me lleva a otro punto—el grupo de lectores universitarios de clase media-alta que ha repopularizado una especie de periodismo neo-Gonzo, i.e. Vice y Paper, que comparte artículos resaltando los beneficios de la marihuana, el MDMA o los hongos para luchar contra la depresión, o los beneficios del tequila para bajar de peso, son sistemáticamente inmunes a los cambios en el escenario de la asistencia médica. Ellos, incluyéndome, nunca han tenido que preocuparse por si la clínica gratuita en su ciudad iba a continuar con su programa de intercambio de agujas, o por si había suficiente espacio en un programa de rehabilitación por drogas y alcohol. Y tampoco lo harán, eso es, hasta que se vean incapaces de romper el hábito, reducidos a una burocracia ineficiente, sin opción.

El gobernador de Maine de extrema derecha , Paul Lepage, es conocido por su postura entorno a la crisis opiácea en el estado—repitiendo a los comentaristas conservadores que creen que se trata de un problema de criminalidad en lugar de uno sobre el acceso a tratamiento de calidad. Su carrera se ha hecho a base de reducir los fondos destinados a la llamada red de servicios de seguridad social y recientemente ha propuesto recortar el presupuesto destinado a los programas para la prevención de enfermedades. Con los programas de salud operando en capacidad plena, y con presupuestos mínimos, las vacantes en los grupos de recuperación están reservados para pacientes con una adicción severa y de alto riesgo. Esto significa que personas como Jared que no sean adictos a los opioides, pero que a pesar de ello necesitan ayuda con desesperación, no podrán recibir los cuidados que necesitan, y la crisis se convertirá en una epidemia silenciosa.

Con el plan de salud propuesto por Trump, y con la serie de gobernadores y congresistas conservadores alentados por su rígida retórica, uno podría esperar que esta situación se repita a gran escala en todo Estados Unidos. Y ciertamente ha sucedido así. Tan solo el verano pasado la universidad de California San Francisco cerró su clínica para jóvenes con bajos recursos en Mission District. La clínica ofrecía exámenes de HIV y ETS asequibles, así como otros servicios de salud relacionados.

Jared nunca creyó que se encontraría en una situación así. Y yo tampoco. Pero aquí estamos. Esta historia podrá no ser sexy, o clickeable, pero es sin embargo una narrativa que, como periodista, me siento obligado a explorar. Estas son realidades que podrán estar lejos de nuestra esfera inmediata, pero que podrían pertenecer a ella pronto si la máquina de publicaciones capitalista continúa desestigmatizando el uso de drogas sin reconocer el potencial daño que existe en este momento precario de la historia.

Will Carter

Will Carter is a writer and translator. He enjoys plants, graphic novels, free jazz, and Stanley Kubrick films.

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