política y conflicto

¿Qué aprendimos del “caso Hova”?

Cristhian Hova se puso a la altura de los mejores ilustradores del mundo, el único problema es que todo era mentira

Escrito por: Roberto Espinoza
Visuales de: Cristhian Hova

Este texto fue inspirado por “El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker”, artículo aparecido el 25 de julio en el blog del periodista Diego Salazar. Pueden leerlo aquí.

Es julio de 2017 y Cristhian Hova, con tan solo 31 años, se ha convertido por un breve instante en el ilustrador peruano más importante del momento. Sus redes sociales suman más de 36,000 seguidores y en la última edición de la revista Somos del diario El Comercio, el más importante del país, aparece un artículo referente a su trabajo, el segundo que el holding de medios le dedica en lo que va del año y que exhibe parte de su excepcional portafolio: trabajos para Marvel, DC Comics, 20th Century Fox, una exposición en Comic-Con San Diego y tres portadas para la prestigiosa revista estadounidense The New Yorker. El único problema es que todo eso es mentira, pero nadie lo sabe todavía. Nadie hasta que una investigación realizada por el periodista Diego Salazar destapa la farsa del ilustrador; que nunca dibujó una portada para The New Yorker, que presuntamente plagió varios de sus diseños, y que falsificó varios momentos más en su trayectoria.

Como era de esperarse, por la magnitud e inverosimilitud de la denuncia, la investigación publicada por Salazar en su blog personal se viraliza rápidamente y cumple con dos objetivos. Primero, revelar la verdad sobre el artista. Segundo, exponer las prácticas periodísticas deficientes de los medios de comunicación que publican información sin verificarla previamente. En cuestión de horas, el artículo de Diego Salazar se convierte en estándar de investigación periodística en la era digital. Al mismo tiempo, Cristhian Hova reconoce los hechos públicamente, y, poco después, cierra todas sus redes sociales y desaparece del internet.

Donald Trump sentado sobre un juego para niños
Ilustración por Cristhian Hova

Cristhian Hova no ha sido el primero ni será el último en utilizar la farsa como instrumento para su propio beneficio. De hecho, el contexto que habitamos tiene mucho que ver. Hova, hábil ilustrador, pero con escasas oportunidades de profesionalización, que no había estudiado artes visuales o diseño sino publicidad, se encontró con un medio en donde no le era posible construir una trayectoria —por pequeño, por exclusivo, por trabajoso— así que se tuvo que inventar una valiéndose de la manipulación. El error de Hova fue su ambición, porque no se trató de una simple decoración de su hoja de vida, sino de un engaño sumamente elaborado que incluía adjudicarse la autoría de tres portadas para The New Yorker. En otras palabras, Cristhian Hova no solo se proclamó el mejor ilustrador peruano de su generación, se puso a la altura de los mejores ilustradores del mundo. Una mentira que no podía sostenerse por mucho tiempo y que intentó de todos modos porque existió la oportunidad para hacerlo. Hova reconoció un medio obstaculizado, cierto, pero también con bajos niveles de profesionalismo y rigor, con prensa escrita y curadores que no verifican su información, con un público que no cuestiona lo que consume, y que, además, está dispuesto a tolerar este tipo de conductas. Una vez descubierta la verdad, su obra ya no pareció ni tan original, ni tan buena, ni tan poderosa.

Sería fácil especular sobre los motivos que llevaron a Cristhian Hova a falsificar su trayectoria entera, aplicar narrativas clásicas como la ansia de fama y fortuna, calificarlo de cínico y lapidarlo inmediatamente. Pero creo que es importante reflexionar primero sobre las circunstancias específicas que permiten que sucesos como este ocurran en nuestro país, porque Cristhian Hova no es más que el reflejo de una sociedad donde el engaño nos atraviesa constantemente y donde las instituciones, las figuras públicas y el mercado se encargan de reproducirlo y legitimarlo. Un país del escritor que califica sus plagios como homenajes; del candidato presidencial que copia su tesis doctoral; el de la leche que en realidad no es leche, y donde una de las agencia de publicidad más importantes del país manipula información para ganar premios internacionales.

César Vallejo por Cristhian Hova
Ilustración de César Vallejo por Cristhian Hova

Por otro lado, no está de más decir que a todos nos enseñaron a cultivar las mismas aspiraciones —recuerden esa palabra— exageradas: hacer dinero, vernos bien y tener estatus. Ideas que nos inyectan tempranamente y que finalmente aterrizan en personajes como Cristhian Hova de manera exacerbada, y podemos estar seguros de que, cómo él, existen muchos más y en diferentes ámbitos. Si algo puede enseñarnos el “caso Hova” es que no podemos dejar que nuestros principios sean regidos por aspiraciones que se imponen sobre nosotros violentamente y que debemos trabajar para erradicar las circunstancias que promueven la farsa, abriendo paso a más oportunidades y previniendo problemas más graves para nuestra sociedad, como lo siguen siendo la corrupción y la indiferencia.

Roberto Espinoza

Músico y redactor peruano. Vive actualmente en Buenos Aires.

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