sátira & sociedad

¿Se puede jilear por Insta-Chat?

Los diferentes medios por los cuales coqueteamos con la realidad

Escrito por: Anais Lalombriz
Visuales de: Mencía Zagarella

Los sábados en la tarde están hechos para hablar huevadas. Y los domingos en la mañana para escribirlas. Ayer tuve una conversación fructífera con una amiga sobre si se podía o no jilear por el chat de Instagram, o, mejor dicho, si la comunicación por ese medio es “real,” si jode que te dejen en “seen,” si es tan impermeable como un check azul, si la velocidad favorece la idea. O, como le dije yo en el momento, hay que pasar a medios más verbales y menos visuales para sentir que la vaina no es cosa del momento. “Pasemos a Whatsapp, esto no es real.” ¿Pero qué es lo real entonces?

No soy socióloga pero siempre he querido y, como tal, asumiré esta voz de mandamás que no deberían tomar como verdad sino como truismo. Un truismo es un anglicismo de un truism–not a truth but a truism–verdades incompletas e infundamentadas. Lo que viene a continuación no es verdad, tampoco es mentira, es Myopía: un acercamiento a la percepción articulada. En otras palabras, creatividad disfrazada de academia. Aquí vamos.

Luis Enrique tiene un casco de realidad virtual. Es marca HTC y en algún punto, Jon Murray que ahora trabaja en IBM, me dejó jugar con su Oculus. Zuckerberg lo trajo para APEC, PPK lo usó. Ahora le encantaría tenerlo para time-out de los huaycos. Qué útil sería. Esos cascos son la versión non-plus ultra de lo que no es físico, lo que no podríamos capturar en vida real con una cámara. Es una realidad que tendríamos que primero construir en software 3D y después, exportar como archivo. Y también es un tipo de sueño, como lo describe Google aquí.

Del otro lado del espectro, está la realidad física. Nuestro día a día. Esa que te toca, siente y suda. Inexportable e inconstruible, es sobre la que menos control tienes y te deja, muchas veces, confundida, feliz, dotada de mucho potencial analizable. Hueles, tocas, sientes. Es como los huaycos y tener que leer en el periódico que la naturaleza no te pertenece sino que formas parte de ella, y de vez en cuando, te sorprende. Lo de tener que leerlo en el periódico es lo triste, bueno sería que nos afane tanto la idea de convivir con lo natural como la de convivir con lo virtual. And yet, here we are, Insta-flirting.

Al medio, está el digital. Sembrado en interacciones físicas pero cada día separándose más de los cuerpos que los vieron nacer, el digital se mueve para crear su propios patrones de conducta–sus propias señales tácitas–su manera de hacer cada vez más efímera la interacción y también, el coqueteo. Plataformas como el chat de Snapchat, que desaparece apenas lo lees, son el equivalente en bits de una prensada de brazo cuando no le estás prestando atención en una juerga–a shiny cry for attention. Caleta, imperceptible, yet valid. No es un huayco, pero es un punzante granizo de junio.

Entre toda esta maroma de información, surge el chat de Instagram. Uno que a mi francamente me jode porque me gusta centralizar mi comunicación, o falta de ella, en dos estímulos: Whatsapp y Facebook chat. Tener a los demás como pasatiempos. Siempre he visto a Instagram como una red social diseñada exclusivamente para mi. Es mi oasis, mi spa mental. Lo quiero como diario,  no para interactuar con el resto. Sigo muy pocas cuentas personales, no me gusta que me interrumpan. Pero ahora que han surgido los stories, me confundo. ¿Cómo tercerizar lo que antes centralizaba en Snapchat? ¿Será que uno tiene que usar todo lo que le provee la tecnología? ¿Y si no quiero?

Acá es donde me remonto a cuando Snapchat recién salió, era el paraíso del carisma y la poca vergüenza. Su cualidad efímera hacía que la gente se mostrara tal y como es. Sin resaca, con resaca, dibujados y contando malos chistes. Era la oportunidad para verse fea sin compromiso. Pase, casero, acá hay acceso a la intimidad. Por eso los contactos de Snapchat nunca sobrepasan los de Instagram o Facebook, porque mal que bien y aunque su popularidad ha decaído, todavía lo guardas para la gente en quien confías. Y ojo que no tiene mucho que ver con confianza real, es una suerte de confianza digital. La oportunidad de arrochar en pantalla.

Ilustración de Mencía Zagarella

En tu Insta Story, eres cool y haces abdominales, pintas o cantas lindo. Que bestia la cantidad de gente que canta lindo en Insta Story. Me sorprende lo documentable que se ha vuelto el talento, ya nadie necesita nada más que su celular y las ganas de esclavizarse a él a como dé lugar para hacerla. ¿O me equivoco? Si tuviéramos que verlo en términos de negocio, el retorno en views en Instagram Stories es mucho mayor al Snapchat, and yet, does it matter? A veces pienso que es muy fácil contabilizar cosas dando la ilusión de que entendemos algo. Te ven 1,799 usuarios en promedio. ¿Se traduce a qué? Tampoco es 100% tangible, sólo es cuantificable. Entonces,  ¿Qué nos queda? Nada, jilear. Toda interacción digital, independientemente del interés romántico o no, es una especie de jileo porque es distanciada y protegida.

Chatear por Instagram se siente justamente como eso, coquetear con la verdad. Si partes de la premisa de que los grupos en Whatsapp oficializan amistades temporales, jilear por Insta-Chat está a tres pasos antes de la realidad, nueve de Whatsapp, doce antes de la llamada, veinticuatro antes de la salida, noventa y cinco antes de conocer a los papás y aproximadamente dieciséis mil antes del matrimonio. ¿Qué he hecho? Nada. Cuantificar huevadas. Es domingo. Así como los views, likes, mensajes, seens y fotos que ponemos, huevadas. Flirts, teases, teasers, snippets, trailers–todo de una vida que promete estar del otro lado de la pantalla pero que no parece existir todavía.

Hasta que venga el huayco. Te deje sin aliento y lo que hagas o dejes de hacer no sea tipeado sino tocado.  Ahí veremos.

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

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