música

Cuando Annie Clark juega a ser St.Vincent

La historia de un crush de toda la vida

Escrito por: André Bordarampé
Visuales de: Mencía Zagarella

“Oye, escucha. Escucha esto. Ella toca con Sufjan y los Polyphonic Spree. Te vas a enamorar”. Eso me lo dijo una amiga (de quien estaba, vale decir, también algo enamorado) cuando yo tenía 16 años. Se refería a Annie Clark, quien, bajo el nombre de artista St. Vincent, había lanzado unos meses antes Marry Me, su álbum debut luego de ser parte de las bandas de gira de Sufjan Stevens y The Polyphonic Spree. 11 canciones y 50 minutos después, mi amiga resultó tener razón: yo estaba enamorado de Annie Clark (y, obvio, también un poco más enamorado de quien me la presentó, pero esa es una historia para mi diario y no para Myopía).

Han pasado casi nueve años desde ese día. Mi amiga eventualmente se convirtió en algo más que una amiga y, luego, en algo inevitablemente menos. Pero mi amor por Annie Clark, por esa musa que es algo así como el bebé extraterrestre producto de un trío entre Bowie y Prince y Kate Bush, sigue intacto. En una vida repleta de fantasías románticas con celebridades que en mi vida voy a conocer, Annie Clark es la reina absoluta.

Sería fácil que esto se convierta en un tipo de recuento comentado de la discografía de St. Vincent, así que, como para evitar eso, permítanme un párrafo parentético como resumen. Marry Me es ese perfecto punto de entrada a su mundo, un álbum repleto de ideas en el que Clark te introduce a su virtuosidad con arreglos y estructuras que hace y deshace a su placer. Actor, del 2009, es el que tiene “Black Rainbow” y “Marrow”, un disco con texturas complicadísimas que tienen un efecto inmaculado. Strange Mercy, mi favorito, es el que tiene más candor y aún más guitarra, el que tiene una canción que comparte título con una película de Éric Rohmer y el que se siente como una especie de catarsis. Love This Giant, su proyecto con David Byrne, es uno de esos raros álbums colaborativos que genuinamente se sienten como una colaboración. St. Vincent, su producción más reciente, es el más simple y el más brutal, el que tiene espacio entre instrumentos y el que, en su accesible rareza, es el único lo suficientemente directo como para ser un trabajo homónimo.

Lo que este texto busca explorar es por qué mi amiga tenía razón. Por qué Annie Clark es mi máximo crush – por qué vivo enamorado de St. Vincent. Una respuesta obvia sería simplemente redirigirlos de manera severamente hiperlinkeada al párrafo de arriba y esperar que compartan mi adoración por su música. Otra sería mandarlos a Google Images y hacerlos ver que es, de manera totalmente objetiva, una mujer guapísima. Pero la respuesta real (como con todo buen crush artístico) existe en algún limbo entre esas dos opciones. Sí, el crush no existiría si Annie Clark no fuese capaz de conjurar esas caóticas melodías que existen tan cómodas en su incomodidad. Pero probablemente tampoco existiría si esas melodías no fuesen conjuradas por una mujer que se ve como ella se ve, vestida en Margiela y Saint Laurent, su pelo siendo una perfecta extensión más de su visión creativa.

Parte del crush con St. Vincent, además, reside en el no saber dónde es que esa visión creativa acaba y dónde comienza su vida personal. Hay cosas que sabemos sobre ella. Como que nació un 28 de setiembre (la misma fecha en la que yo nací nueve años después, por si creen en el destino) en Tulsa, Oklahoma. Que fue criada en Dallas, Texas, donde a los 12 años agarró un guitarra. Que a los 15 salió de gira con su tío y tía, un dúo de jazz medio new agey llamado Tuck & Patti. Que estudió dos años y medio en el Berklee College of Music en Boston hasta que se dio cuenta que esa formación formal no era lo suyo. Pero fuera de esos datos iniciales, la narrativa pública de Annie Clark que existe para nuestro consumo es una que ella ha ido construyendo bajo sus propios términos.

Escribiendo sobre ella en The Village Voice, Devon Maloney habla de cómo Clark ha creado un “anti culto a la personalidad” en el que los pocos detalles que nos deja saborear son unos sobre los cuales ejerce absoluto control. Las dos veces que he tenido la suerte de verla en vivo, ambas ocasiones post St. Vincent, su show ha sido justamente eso: una experiencia perfectamente controlada. Ella sale al escenario en movimientos de una robótica rigidez, nos cuenta que su palabra favorita es “orgiastic”, ocasionalmente señala hacia su público cual distópica dictadora y a veces intercambia mecánicas coreografías con su guitarrista y tecladista (la genial Toko Yasuda). Eso, al menos, hasta que la guitarra le gana.

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Ilustración de Mencía Zagarella

Clark sería la primera en decir que, antes que cantante o compositora o diosa o lo que sea, ella es guitarrista. Escuchando su música es imposible no darte cuenta que es una de las guitarristas más dotadas de su generación, pero viéndola en vivo es que realmente entiendes (o al menos te aproximas a entender) la magnitud de su talento. Sus solos inicialmente llegan como en piloto automático, de esos que requieren muchísimo esfuerzo para hacer parecer que surgen sin esfuerzo alguno. Pero lo robótico poco a poco da lugar a un tipo de catarsis musical, a salvajes destellos que en ambas ocasiones me han dejado en lágrimas. Como si la guitarra, de alguna manera, humanizara al robot.

Pero hasta ese proceso de humanización viene totalmente calculado. Clark es una guitarrista visceral, técnicamente dotada pero de alguna manera siempre transmitiendo que lo suyo es intuición pura, una abstracción en la que se pierde con total abandono. Pero ella probablemente sabe que nosotros estamos viendo eso y pensando esto. Ella juega con esa perfección que transmite, con cómo sus extrañas miradas en blanco hacen que su belleza se vuelva inquietante y con cómo la bizarra oscuridad de sus letras cambia el feeling de sus melodías. Mientras nosotros nos enamoramos de cómo se presenta, de la perfecta pronunciación en tonos callados con la que se articula en entrevistas y del demente caos del clímax de sus conciertos, Annie Clark está, siempre, jugando a ser St. Vincent. No por nada ese segundo disco se llamó Actor.

La presencia virtual de Clark, en una época en la que la que de alguna manera se ha vuelto la presencia más importante que tenemos, es la que define todo esto. Su Twitter está lleno del tipo de joyitas que la Annie Clark de tus sueños diría (como que Blue Velvet es la película más romántica que ha visto, o que quiere empezar una banda metal inspirada en Judy Blume) y su Instagram, quizás el único lugar en el que una mujer famosa puede controlar la imagen que proyecta, es perfecto. Pero esa perfección sigue siendo un mito creado y controlado por ella, rara vez apareciendo en sus fotos y dándonos un popurrí de imágenes con captions diseñados para hacernos reír y pensar, “Qué maestra, Annie”, cuando en verdad ni la conocemos. Que Clark tan infrecuentemente nos deje entrar a su vida privada es lo que hace que nos provoque tanto pensar que ya estamos ahí, aún sabiendo que esa sensación es habilitada por la parte de nuestra cultura que ella tanto critica (“Won’t somebody sell me back to me?”, canta en “Digital Witness”).

Pero, como con casi todo buen crush célebre que vale la pena tener, es de eso de lo que te enamoras. De la mujer que puede tocar “Lithium” con Nirvana. De la chica que sale con Cara Delevigne. De la musa que semanalmente curaba playlists personalizados para sus fans en Beats 1 Radio. De la más perfectamente inesperada futbolista. De la mejor guitarrista que creó su propio instrumento para Ernie Ball (“con espacio para una teta o dos”). De la artista que presentó su álbum en el Templo de Dendur en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. De la diosa que en una época en la que el término está casi extinto, se mantiene como una estrella de rock de las de verdad. De la ocasional mesera en la taquería que su hermana tiene en Dallas. De todo lo que es Annie Clark. O, al menos, de todo lo que es St. Vincent. Así que ahora me toca a mí decírselo a ustedes: oigan, escuchen esto, escuchen a esta chica que tocaba con Sufjan y los Polyphonic Spree. Se van a enamorar.

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