narrativa

Confesiones de una galerista primeriza

Nicole Balansky, mente detrás de Galería Rottenslat nos hace un balance de su año.

Escrito por: Nicole Balansky
Visuales de: Galería Rottenslat

La primera crisis a la que me tocó enfrentarme fue al abrupto estallido de la burbuja en la cual había crecido, darme cuenta de la angosta visión que tenía. Cuando salí del colegio, viví un año en Israel, donde viajé, trabajé en la lavandería de un kibutz, hice el entrenamiento militar básico y otras cosas que, jamás, en mi cabecita limeña me hubiera imaginado que haría. Estaba segura de que por fin me había quitado la anteojeras y ahora sí, lo había visto todo.

 

O sea, regresé y era invencible.

[Ríase aquí, sin reparo o compasión].

 

Pero luego llegó la Facultad de Arte de la PUCP. Yo podía disparar una M16, pero no podía dibujar los benditos pliegues de un manto. En ese momento la pasé bastante mal. Pensé que mi amor por el arte implicaba que las cosas me salieran con naturalidad y que no significarían mayor reto para mí, tal como había sido en el colegio. Así que me enfoqué en conocer gente e hice un grupo de amigas increíble, pero tremendo, terrible en el sentido más romántico: hacíamos cualquier cosa antes que ir a clase.

obra de arte contemporáneo pixeleada
“Pixel” de Adriana Bickel, Galería Rottenslat, Lima

Entonces, no fue ninguna sorpresa cuando jalé el primer ciclo de Dibujo y Modelado, aunque yo estaba convencida de que el motivo de mi rotunda falta fue mi incapacidad para dibujar. Mis profesores me decían engreída y yo pensaba que lo decían por mi tonada al hablar. Hoy entiendo lo que querían decirme: que si yo realmente quería y me empeñaba, podía lograrlo. Repetí y pasé el curso, pero con el autoestima muy golpeada y rendida, sintiéndome como un gran fracaso, incompetente y muy confundida. ¿Era el momento de reconocer que ser artista no era mi camino?

Fue durísimo admitir que no estaba haciendo mi mayor esfuerzo y que ese era mi gran freno, no mis capacidades. No quería dejar el arte, pero sabía que no podía seguir en esa carrera. No me apasionaba ni me incitaba a dar lo mejor de mí. Aún con dudas, me cambié a la Facultad de Letras y, un ciclo después, me mudé a Buenos Aires donde terminé Marketing de Moda en la Universidad de Palermo.

Esta es una anécdota insignificante, pero igual quiero contarla. En Bueno Aires, salí con un chico y en nuestra primera cita, después de comer, me llevó a su galería, que estaba en plena construcción. Entramos por una puerta trasera y el tour imaginario de dónde iba a ir cada cosa me pareció tan romántico que pensé que me había pasado “La rosa púrpura del Cairo” solo que yo me había metido en la película. Estaba maravillada y soñé con algún día tener algo así, propio, inspirador y apasionante.

Pues, regresé de Buenos Aires y diez días después ya tenía un trabajo increíble, era encargada de marketing del grupo importador de moda de lujo más grande. Sin embargo, no estaba satisfecha. Pasé por el entrenamiento para ser jefa de tienda en Zara, lo cual terminó en mi tercera crisis, principalmente profesional y con toques de melodrama romántico: fui despedida.

Paralelamente, nunca perdí el contacto con mis amigas artistas. De alguna forma, era a través de ella que me mantenía unida a ese mundo que tanto me había dolido dejar. Confundida y perdida, no sabía qué hacer, pues no tenía ni idea de que era lo que quería. ¿Cómo puedo elegir un camino si no sé a dónde quiero ir? Pero plantarme paralizada en medio de la nada ya no era una opción, había que empezar a moverse, aunque fuera sin un rumbo definido. Si bien no sabía qué quería, mi vasta experiencia de prueba y error ya me había ayudado a descubrir lo que no quería. Así que vacié mi flaca cuenta de ahorros y me asocié con mi mejor amiga para abrir nuestra propia galería.

Juntas habíamos montado una exposición dentro de una feria navideña y el éxito y felicitaciones que recibimos nos animó a dar el paso; después de todo, la falta de nuevos espacios de exposición para jóvenes/emergentes era un tema viejo y recurrente en nuestra conversación. [Nos planteamos ser un espacio disruptivo, dedicado a responder a la necesidad de consolidar una nueva escena artística. Era cuestión de tiempo -o de abrir los ojos- que saltara a la vista la latente oportunidad de crear este espacio para una nueva -hasta entonces no completamente descifrada- generación de artistas peruanos. También la de sacudir al círculo de arte, sumido en un estado pasivo y casi de pura inercia, con nuevas lenguas, perspectivas y formas de expresión.

“Escenas de Reminiscencia” de Diego Fernandini, Galería Rottenslat, Lima

Tuvimos mucha suerte, a veces la vida es así, todo se alinea para que las cosas pasen. Y con un poco más de suerte, un experto y exitosísimo galerista que venía planteándose las mismas idea que nosotras, se sumó al proyecto. Con su know-how y nuestro ímpetu disruptivo, teníamos la fórmula.

De esa forma, empezamos el proyecto con ilusión y energía. Nuestras reuniones, nuestras incesantes rondas de gin, nuestros escandalosos ataques de risa. Trabajar así era increíble y la vez, insostenible. Oh sorpresa. Como cantaba Shakira, ‘toda escoba nueva siempre barre bien, luego vas a ver desgastadas las cerdas’. Claro que ella se refería a la nueva novia de su ex, pero la idea es la misma. Una vez que pasa la nube de fantasía y te enfrentas a la realidad, el frío y el miedo que te invaden te transforman en un ser patéticamente inseguro.

Primero que todo, se enfrió mi relación con esta amiga y alma gemela y, por consecuencia de una comunicación precaria, no solo se retiró del proyecto, sino también, perdí a mi socia, y a mi mejor amiga. El universo es ácido. Te da y te quita. Lo segundo en esfumarse fue el encanto y romanticismo de parir un proyecto, ¡ahora reposaban en mis hombros responsabilidades como pagar sueldos! Y el reto continúa, con distintos baches en el camino.

Últimamente apaciguo esta angustia con bastante más arte. ¿Quién sabe realmente lo que está haciendo en esta vida? Yo pensaba que a cierta edad tendría la vida descifrada, pero afrontémoslo: 1) Qué aburrido sería. 2) Es imposible. Admiramos a los “viejos y sabios” que nos dan grandes consejos y creemos que lo saben todo cuando, en realidad, ellos también están descubriendo nuevas etapas y experiencias para las cuales son tan novatos como nosotros.

Me la paso surfeando estas olas cíclicas de miedo, inseguridad, volver a confiar en mí, empeño y deseos de lograrlo casi todos los días. A la larga, aprendí a surfearlas, de eso se trata mi camino, estar presente, tener la mente y el corazón abiertos siempre, para absorber y nunca dejar de aprender. Como escribió Hesse, ‘cuando alguien busca, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla, tampoco deja entrar en su ser otra cosa; no puede absorber ninguna otra cosa, pues se concentra en lo que busca’.

En nuestra corta trayectoria como directores de Rottenslat, hemos tenido el apoyo invaluable de gente con muy buena onda y hemos tenido detractores que no han dudado en atacarnos e intentar desmoralizarnos. No pasa un día sin que me cuestione todo lo que estoy haciendo, que me asuste y quiera dejarlo todo, sin que me den ataques de estrés o ansiedad por defraudar a los que creen en mí, sin que respire profundo y medite, sin que vea la galería, a los artistas y me sonría a mí misma y entonces, se disipen las dudas con la misma ligereza con la que llegaron. Después de todo, si no estamos incomodando a los que están contentos con el status quo, no estamos haciendo nada.

Massimo Bottura, actualmente el chef #1 del mundo, tuvo a toda la ciudad de Modena en su contra por tanto tiempo, que pensó en renunciar; lo odiaron por transgredir la cocina tradicional, por innovar, por sacudir la comodidad. Un día, entró al pabellón de la Bienal de Venecia y vio la instalación de Maurizio Cattelan, palomas disecadas paradas sobre vigas y tuberías, cagando sobre el piso, las paredes y las obras de otros artistas.

Esto es en lo que yo creo y por lo que he apostado. Si “fracaso”, no habré fracasado realmente, tomé un riesgo por mí y esa es la razón por la cual todo vale la pena. No podría ser de ninguna otra manera.

¿tienes pinta de que te gusta ver las cosas de cerca?

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