narrativa

¿Cuándo dejaremos de pensar en Mamá como un personaje?

"Lo que me dice todo el mundo, que yo soy fuerte."

Escrito por: Anais Lalombriz
Visuales de: Anais Lalombriz

Desde niña, mi mamá me enseñó a resolver problemas en tablas de Excel. En orden. Hago una lista y la tacho. Así soy yo, llego al psicólogo y soy cliente y proveedor a la vez. “Carolina, por favor, vamos punto por punto.”

Siempre fui bastante vocal respecto a mis [problemas] pero creo que el verdadero pivotal moment was when I started writing–or when I started thinking of myself as a writer or when I got those Warby Parker transparent glasses I don’t need anymore to feel like a writer. “Look, mom, I got writer glasses,” I remember saying over Facetime. I had acquired a writer’s identity por el cómodo precio de 90 dólares en una boutique en Soho y tenía que contárselo a mi mamá. Eso y mi primera publicación en una plataforma digital me confirmó el autoestima creativo. “I am a writer, I can understand myself through words.” Bam!

But is it not by language que creamos y fracasamos y nos sometemos a la peor de las desgracias humanas? ¿La de creer que porque nombramos las cosas ya las controlamos? El don técnico de la palabra siempre lo tuve. Pero quizás es consecuente don emocional es el que todavía estoy aprendiendo a (no quiero decir controlar porque de eso no se trata) pantanear–del sustantivo pantanoso, como un rizoma.

Con Carolina usamos la palabra para transitar por varias cosas. Mi mamá, mi papá, mi hermano, mis “afectos,” mi amigo al que le dicen lechuga y “esa gente que es rara pero ni siquiera es talentosa.” La veo chorrearse de la silla cada vez que digo algo gracioso. Me enorgullece e infla. Estoy segura que me deja quedarme más rato porque la entretengo. Estoy segura que desde el minuto uno supo que me estaba protegiendo–cuando llegué con mi lista de Excel que me habían enseñado a hacer en mi casa. La vi feliz cuando por fin me hizo entender que hay cosas de las que no se hablan, que no se nombran, y no se controlan. Hay cosas para las que no hay palabras, como el Cáncer, por ejemplo, cuyo nombre no lo contiene del todo.

“Me escribió la Tía Fernanda,” me cuenta mi mamá hace unos días con una capa de pelo casi imperceptible en la cabeza y las cejas a la mitad. Hace una semana que se rapó y comenzó a usar peluca, esta vez una que sí se caletea un poco más, esta vez una que va con su color y longitud de pelo. Esta vez, que sí estuve yo para ayudarla a elegirla.
“Y qué te dijo?” Le pregunté, sobre el mail de Fernanda.
“Nada, lo que me dice todo el mundo, que yo soy fuerte,” mi mamá para un segundo antes de seguir. Estoy yo metida en mi cama y ella agachada abrazándome encima. “Pero de repente estoy harta de ser fuerte,” me dice.
“Yo se,” me provocó decirle.

Dos meses antes de esta confesión, habiendo ya entendido las diferencias y similitudes intrínsecas entre mi mamá y yo, fui seca y hasta un poco mala y le dije, ella metida en su cama y yo parada mirándola para abajo, como quien da un sermón, que “si ella llevaba 62 años en este negocio de ser fuerte que a mi no me interesaba ser parte de él.”  Le dije que yo solo tenía 24 y me había falsamente acostumbrado a replicarlo y que no me interesaba. Que yo estaba cherishing vulnerability, que la necesitaba para crecer–que no era justo solo criar con el ejemplo de la fortaleza. ¿Donde quedó la debilidad?Diría, leyendo mis palabras de nuevo, no que fui mala pero que fui catártica. Que quise ser explícita para que entienda. Es la misma razón por la que suelo soltar al viento que si a alguien le gusto que por favor me mande un mail. De otra forma, nunca me voy a dar cuenta por completo. Una vez que te crían por Excel, asumo que también esperas que te conquisten por ahí. Y en una lista.

Hoy mi mamá cruza su segunda temporada de nauseas tras su segunda sesión de quimoterapia en su segundo round de tratamiento por su tercera aparición de cáncer. Y puedo entender en los ojos del status quo que eso es una desgracia. La peluca. La dieta rara. Su tendencia vegana artificial–estoy segura que regresa al postre normal apenas acabe. Pero tengo que decirles una cosa: mi mami quiere que la dejen ser débil y no sabe como hacerlo porque se ha dedicado toda su vida a demostrar lo contrario. Y yo quiero que la dejen. Quiero que la dejen porque la quiero.

Hoy, celebro con todas las venas de mi cuerpo el discurso de empoderamiento femenino–tanto el académico cómo el consumista– la importancia de la ropa, el maquillaje, el gimnasio y los zapatos de suela roja para sentirse bien. Celebro ese regalo, ese libro, ese detalle que le compraste a tu mamá hoy y celebro todas las demostraciones de feminismo fortalecido que viene y vendrá aconteciendo en nuestra sociedad. Pero no podría terminar de celebrar sin darle un espacio al contraste, al otro lado de toda esa fortaleza. Las caídas, los golpes, los impulsos, las cosas que no funcionaron y la marca de rímel que te estafó porque igual se corrió cuando lloraste. Qué rico.

Las únicas personas que no sufren son los personajes. Los que el escritor, con sus lentes intelectuales que se compró en Soho controla. Estoy leyendo “Slouching Towards Bethlemen,” una colección de ensayos de Joan Didion que tiene un personaje a quien lo describe así:

“It did not seem possible that such a man could fall ill, could carry within him that most inexplicable and ungovernable of diseases. The rumor struck some obscure anxiety, threw our very childhoods into question. In John Wayne’s world, John Wayne was supposed to give the orders.”

 Regido por palabras que alguien más le enseñó a decir, el escritor/a activa vibraciones cerebrales y provee narrativas controladas–espacios que a veces contradicen la realidad en vez de representarla. Espacios estáticos, que al no estar vivos, no tienen matices. Mi mamá, bajo el ojo narrativo, es el John Wayne de las matriarcas coorporativas de Lima, Perú. Líder, fuerte y hasta intimidante, crió a un mounstrito que le puso Anais que muchas veces la intimida hasta a ella.

mamá e hija felices

Hoy Susana contradice ese personaje y yace en una cama viendo una novela española que es supremamente intelectualmente inferior a ella y lo hace porque le provoca, porque creo que le he enseñado a no resistir la debilidad: si no a disfrutarla.  Susana, como todas las mamás de este mundo, tiene matices porque es humana. Mi deseo del Día de la Madre entonces, sería celebrar a la mamá persona y no a la mamá personaje.

Una que sufre.

 Y una a la que dejamos sufrir.

 Entonces terminaría este escrito, texto, anécdota admitiendo que Excel tiene sus límites. Hoy por hoy existe Photoshop, Illustrator hasta Premiere. Programas de diseño gráfico que siempre manejé pero que no les presté atención hasta que tuve que enseñarlos y tomarlos como metáfora. Hoy me alejo del texto y vuelvo a la imagen para decirles que su peluca le queda regia y que cuando se la quita y se pone su piyama de corazones para descansar, se le ve todavía mejor.

Te amo Mami.

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

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