sátira & sociedad

Culpo a Rory Gilmore: “El Movimiento de Ingenuidad Literaria”

¿Leer es sexy? ¿O nos han hecho creer que sí?

Escrito por: Anais Lalombriz
Visuales de: Google

Una tarde, caminando de salida por 8th Avenue, me encontré un graffiti de esos de tiza en la calle que decía “Reading is Sexy.” Le tomé foto, la subí a Instagram. Sentí un cosquilleo en el estómago al compartir públicamente algo en lo que no necesariamente creía. Me pasa a menudo. Reading is sexy? ¿Será? Siempre me pareció lo opuesto, pero lo solté al internet a ver qué pasaba y las respuestas me sorprendieron. Vivimos en una sociedad intelectual y desarrollada, qué épico, pensé.

Hoy hice algo parecido. Le pregunté a mis amigos y amigas más cercanos, si consideraban que leer era o no sexy. No ser vista leyendo, sino el acto de leer en sí, si creían que eso de alguna manera aporta al sex appeal. Hoy sale la nueva temporada de Gilmore Girls en Netflix y me pareció la excusa perfecta para cuestionar los límites de “El Movimiento de la Ingenuidad Literaria”, cosa que me acabo de inventar, encarnado por Rory Gilmore, uno de los personajes centrales de la serie. Parece ser que, en sus ingenuos desaires con Dean, Jess y Logan y eternas conversaciones cafeinadas con su mamá, conquistó a una generación de mujeres haciéndolas creer que perseguir un Bachiller en Literatura o Periodismo tenía sentido. Una de esas bobas fui yo. Leer, o lo que sea que Rory leía, tiene un je ne sais quoi por ahí que estoy tratando de descubrir. Funcionó demasiado bien conmigo. Comencemos.

Rory Gilmore leyendo

Mi último intento por convertirme en ratón de biblioteca oficial fue una pasantía en New Directions, una editorial independiente basada en Nueva York que, para hacerte la historia corta, todavía guarda los papeles de la época en la que Tennessee Williams seguía vivo. Me pasé la mayoría de mis tres semanas ahí, antes de renunciar, ordenando todos los libros publicados en grupos de tres y distribuyendolos por número en los anaqueles de la oficina. Pablo Neruda, Roberto Bolaño a grandes cantidades, Clarice Lispector y sus pestañas que en paz descansen, César Aira.  Habían algunos autores checos cuyos nombres no recuerdo y alguien llamado Eka Kurniawan, a quién le abrí la puerta luego de su vuelo de doce horas de Jakarta, Indonesia. Estaba muerto el pobre hombre, pero yo me sentía Rory, con la falda a la misma altura, los lentes extraños, las ganas de ser como todos ellos y diciéndole que bienvenido.

Rory Gilmore es el non-plus ultra del ratón de biblioteca además de ser un personaje virginal por excelencia. Es virgen hasta cuando ya no lo es. Es virgen cuando toma café, cuando se jilea a Dean, cuando lee, cuando camina, cuando se parte el pelo con raya al medio y ganchitos y cuando llora en su cama con cojines rosados. Su aura está rodeada de tanta cautela y aprecio por las reglas que a veces me provoca preguntarle, ¿no estás harta? Por otro lado, los trailers de lo que se viene apuntan no a que se haya despabilado del todo pero quizás, nos muestre una parte suya que no conocíamos: Una Rory Gilmore que regresa a Stars Hollow de treinta y dos años, confundida y jodida–también eventualidades a las que puedo relacionarme.

En New Directions estuve cara a cara con lo que ahora llamo “El Movimiento de la Ingenuidad Literaria”—esas ganas locas por jactarse de “conocer nuevos mundos” pero en su idioma, ese deseo desenfrenado por comprender lo exótico como propio y, sobretodo, de estar en paz con todo cuando se trata de pluma y papel pero nunca, de ejecución y manejo. ¿Qué si eran demasiado intelectuales? No se. Pero el departamento de traducción de la editorial me daba rabia. Estoy segura que ninguno de ustedes ha ido a Argentina, pensaba, y sin embargo traducen y comercializan Aira felices de la vida con su portada en 3D que dicho sea el paso me regalaron y estaba bravasa. Qué fuerte. Renuncié a las tres semanas, segura que no se puede hablar de lo que uno no conoce, viajar con la mente, usar la ficción como boarding pass.

El último día de la pasantía, Barbara Epler, la CEO, me mandó a comprar champagne por su cumpleaños. Brindamos con eso y cupcakes y después me fui, media ebria, porque eran las seis de la tarde, y no había comido nada desde las doce. Así es la vida. Así son la sociedades donde la comida no es prioridad. Así es Nueva York cuando renuncias y te odian pero igual son demasiado protocolares. Esa fue la última vez que traté de encajar en el mundo de los intelectuales independientes del East Coast, aunque probablemente esté mintiendo y siga siendo una Ingenua Literaria. Buaj, ahora me suena a Real Visceralista y me vuelve a dar rabia.

Pasemos al cuestionario. Mis amigas mujeres me dijeron que si podrían tomarse un café con Rory Gilmore le pedirían que les recomiende libros, un top 10 de lo que le gusta leer. Otras le preguntarían por cómo le fue en la campaña con Obama, por quién votó en las últimas elecciones, si le gustó Go Set a Watchman–con la aclaración espectacular de que ya sabía que Rory había leído To Kill a Mockingbird, por supuesto. Sus respuestas todas operaban dentro del universo narrativo que era la serie proyectada a la realidad de hoy, ninguna se extrapolaba a lo que significa Rory como mujer, como persona, como intelectual, quizás.

Entonces, a los hombres no les hice la misma pregunta, les pregunté si creían que leer era sexy, de frente. Para comenzar, muchos confundieron el que alguien sea vista leyendo de leer en sí, las tildaron de poseras y de frente al basurero. Entendible. Luego, dentro de los que si reconocieron el acto de leer en sí, cayeron los más superficiales que respondieron con el siempre y útil “si lee calata, obvio.” Y algunos, preguntando un poco más, aseguraron que “todo depende de qué cosa lea,” “no es lo mismo un manifesto comunista que 50 Shades of Grey,” comentaron. Y aunque en su mayoría todos concordaron con que leer a la larga si era sexy, uno señaló que dejaba de serlo cuando “lo llevas a un límite en el que te aleja de la realidad.” En otras palabras, eso de “leo porque la realidad es muy aburrida” no solo es pretencioso si no es burbuja, es círculo pequeño, es todo lo que odiaba de New Directions.

“Nadie quiere tener sexo con una enciclopedia,” señalaron otros. Creando un paralelo perfecto entre leer y saber como si fuesen lo mismo.  Eso no es verdad. Leer y saber están tan relacionados como uno quiere que lo estén. Y la ingenuidad también es sexy. Muchos diríamos que es igual que hornear un pie vs. ser repostera profesional. Los que saben son los expertos, los que leen son los que, de alguna u otra manera, se codean con los expertos. Absorber conocimiento puro y duro mediante la lectura es una percepción que tiene la gente que quizás no lea, porque nadie es taaaaan esponja. Y, si lees narrativa, que es la mayoría de mi caso, también es la percepción de un lector que no tiene aprecio por los personajes, los arcos, el uso del tiempo narrativo, las putas palabras que el escritor elige y que después puedes recrear. O de repente necesitas que Rory Gilmore te haya convencido de estudiar Literatura o Periodismo para apreciar eso, de eso peco yo.

En todo caso, la gente que no lee es la que cree que nosotros leemos para ser Wikipedia. Y se olvidan de la empatía y el viaje–no el viaje fuera de la realidad pero sí el viaje al buen tema de conversación, al juguito, a la carnesita, a la parte buena de la vida. Leer, si lo que lees es novelas que es lo que leía Rory, es un ejercicio brutal de lograr ponerse en los zapatos del otro—algo que la gente parece haber olvidado por completo. Y si en estos zapatos recorres culturas y absorbes conocimiento, bacán, pero esa no es la meta. En ese caso entonces, no estás teniendo sexo con una enciclopedia, estás teniendo sexo con una aerolínea que te lleva gratis a todos lados.  ¿Por qué no irías?

Y aquí es donde me doy cuenta, que mi rechazo a New Directions y mi amor por Rory Gilmore quizás se contradicen, porque Rory hubiera sido la perfecta practicante polvorienta que yo no soporté ser o quizás, porque a veces me cuesta aceptarme a mi misma que sí es demasiado sexy leer y que me afana hacerlo y predicarlo. Entonces me pregunto, ¿creerse el floro es parte del perfil? ¿O mejor nos quedamos tranquilos?

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

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