narrativa

La Chucha de la Selva

Huanchaco, Mario Poggi y una piedra en forma de vagina.

Escrito por: Carolina Moreno
Visuales de: Galería Isabel Aninat

Fernando Gutiérrez creció en Trujillo, jugando en el sótano de una estación de servicio en el museo de huacos de su abuelo materno. No es común encontrar museos debajo de estaciones de servicio en ciudades de la costa norte del Perú. Fue una de esas coincidencias que uno tilda de irónicas pero que son resultado del desorden con el que nos formamos. Algo que puede sonar muy peruano, o completamente propio del mundo del artista.

La primera vez que lo conocí fue en su taller: el techo en la casa de sus padres. Subí hasta la azotea en una escalera enclenque y en una radio vieja sonaban las noticias. Huanchaco las escuchaba para mantener noción del tiempo mientras trabajaba. Y es que este artista no cree en la inspiración divina sino en el esfuerzo.  A partir de largas horas observando un lienzo es que podemos entender la narrativa de su mundo.

Siempre hay un elemento de heroísmo. Empezó con Superchaco y la Ciudad Caótica para luego viajar con el tataranieto de Miguel Grau a Chile para recuperar el Huascar. El tercer personaje heróico sería Mario Poggi. Un loco olvidado que paraba en el parque Kennedy, en Miraflores, y cobraba por hacer un supuesto test de colores. Desde hace muchos años, repetía las mismas teorías sentado en una banca del parque, dándole vuelta a las mismas ideas. Huanchaco quedó fascinado cuando Poggi le confesó haber descubierto la Chucha Perdida de los Incas. Aquella vez no dijo mucho más, pero fue suficiente para despertar algo en él. El nombre que le ponemos a las cosas resulta ser “más pendejo de lo que parece”, me confiesa Huanchaco.

mario poggi
Retrato de Mario Poggi por Adrian Mangel

La casa de Poggi se caía a pedazos cuando Huanchaco y su equipo lo visitaron. Poggi vestía una banda presidencial y se escuchaba una radio con música a todo volumen. “Vivan todos los pintores”, les grita exaltado frente a la cámara con que filman el encuentro. Energético, frente a un auditorio invisible, empieza a hablar sobre colores y campos magnéticos. En otro momento, habla sobre encontrar el norte en el color verde, el color del padre. Pero nada de la chucha perdida.

En estas grabaciones uno se da cuenta de la amistad que nace entre estos dos personajes. Al ver los videos me entero del ritual. Poggi me recuerda a Cristóbal Colón escribiendo al final de sus días cómo había sido enviado por dios a descubrir América, cómo todo parecía casi escrito en las estrellas. En uno de los videos, pinta una pequeña banderola con témperas azules y naranjas. Al hacerlo, canta el himno de una nación inventada. Salta del castellano al italiano y luego al alemán, para volver a presentarse en francés y fundar el país de los artistas. Se ve a un anciano ágil. “Pinta primitivo […] ya, lo que chucha quieras”, le dice a su entrevistador.

Esta complicidad se repitió durante varios meses. Huanchaco utilizó libros arqueológicos para compararlos con un mapa indescifrable, reconstruyendo el viaje de Poggi hacia la Chucha Perdida de los Incas. Finalmente, junto a un equipo de ocho personas, Huanchaco partió a buscarla sin saber qué encontraría. Se perdió por la selva de Ucayali con los apuntes preparados por un supuesto loco de cabellos verdes.

Huanchaco en la ruta a la Chucha de la Selva
Fotos: Galería Isabel Aninat

Los equipos de filmación eran prestados y viajaron varios días con una sola tanda de ropa. Monte tras monte, Huanchaco y su equipo grababan en las primeras horas del amanecer con la suerte de encontrar a alguien que hubiera escuchado de la Chucha. Se toparon con tribus que no hablaban español; en las que los niños hacían el papel de intérpretes. En varias tomas se observa la bandera diseñada por Poggi.

Huanchaco en la ruta hacia la Chucha de la Selva
Fotos: Galería Isabel Aninat

En una pared del taller de Huanchaco hay dibujos de lo que encontraron. La Chucha es una cueva de piedras con una entrada de aproximadamente un metro ochenta de largo en donde, al ingresar, uno se encuentra con pozas subterráneas. Hay escaleras en la entrada que parecen construídos por el hombre. Según Poggi, los Incas debieron utilizar la caverna como un recinto para concebir y realizar rituales de fertilidad.

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Al ver los obras con que nos cuenta su viaje no dejo de pensar que Huanchaco es uno de los mejores pintores que tiene el Perú. Suele usar pinceles delgados, se pega a pocos centímetros del lienzo y aplica trazos imperceptibles en la tela. El cuidado que le pone a sus dibujos y pinturas son dignos del respeto que le tiene al viaje que emprendió. Su propósito no solo era trabajar, sino documentar una verdad.

Huanchaco en bote en la selva peruana
Fotos: Galería Isabel Aninat

El resultado final consta de fotos, videos, maquetas, pinturas y dibujos preparados en hojas de tamaño postal. Una completa recreación de una investigación antropológica con todos sus componentes. Todas las piezas buscan explicar al espectador lo que fue el viaje y lo que ahí encontró. Hay hombres disfrazados con plumas y cascos de oro en forma de penes. Pinturas y dibujos espectaculares que giran alrededor del mundo de este nuevo personaje, la selva, el sexo y la historia.

huanchaco en la selva
Fotos: Galería Isabel Aninat

Poggi pensaba que nadie lo tomaba en serio. Cuando Huanchaco lo citó para contarle lo que había encontrado, se puso a llorar. Pocos días después, Poggi falleció. Tenía setenta y tres años.

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