Myopia

sátira & sociedad

La importancia de llamarse açaí

Anécdotas de lo que se vive cuando no se documenta

Escrito por: Anais Lalombriz
Visuales de: Mencía Zagarella

¿Alguna vez has tratado de hacer yoga sin filmarte? Es rarísimo. Es como si una fuerza sobrehumana tomase control de tu cuerpo. Se logra un despliegue de elasticidad furibunda, una fortaleza kriptónica y un desapego subliminal. Todas estas son palabras que no entiendo, que no se usan así, pero qué importa, porque cuando haces yoga sin filmarte, la creatividad es fluída y la verborrea abunda. Es como comerte un helado de cono, chorreado, a los ocho años, en tu playa de toda la vida. Es también, comparable a chapar por primera vez, en ese tono de Año Nuevo al que fuiste vestida de blanco.  Es un sentimiento infantil, casi prehistórico que se remonta a la etapa del anonimato, la plenitud y la libertad.

La primera vez que tuve que hacerlo fue un poco por necesidad, me había quedado sin batería y estaba en Tulum, el paraíso instagrammero, tratando de entender por qué los mosquitos viajan en par en el verano y solos en el invierno. Se me cayó el trípode al mar, mi celular muerto. No me quedó mejor remedio que hacer saludos al sol sin filmarlos.

Comer açaí en silencio lo aprendí de mis amigas que hacen gyrotronics. A diferencia del TRX, subdeporte del que todo el mundo habla, gyrotronics es uno de esos hipster takes on yoga, pilates and yogilates. La gente que hace gyrotronics no habla del tema, lo mantienen en secreto porque es una combinación de todo y ballet, entonces pa qué compartirlo con el mundo. El ballet es danza de flaca discreta. En este mundo socialmediero, ¡toca ser flaca de danza discreta!

Ilustración de una mujer haciendo yoga
Ilustración de Mencía Zagarella

Cuando finalmente logras que un practicante de gyrotronics te cuente cómo es, lo primero que logras es que te diga que vas a estar más en contacto con tu cuerpo. “¿Qué significa eso?” le pregunté yo. “Lo sabrás cuando lo estés,” me respondieron ellas. Entonces decidí creermela, así como las chakras y los puntos de energía, uno decide creerselos porque francamente, entre Trump y los huaicos, hay que creer en algo.

Aquí entra el açaí, fruta posera y desenfrenada. Si el açaí fuera una mujer andaría con los labios rojos siempre y con una de esas carteras “clutch” donde no entra nada. Incómoda y suculenta, se pasea por Ipanema, Manhattan y San Bartolo con el mismo caminar que la actriz esa que hacía de Rubí en el Canal 4. Una tremenda descarada. Alguna u otra vez mi buena amiga brasilera, la misma del contacto corporal del gyrotronics, me contó que el açaí engorda. Sí, amiguitas. Casi igual que el plátano. Es fruta prohibida pero deliciosa, tal como dice la canción.

Entonces, nada pues. Recomiendo dos cosas en esta mañana veraniega. No le cuentes a todo el mundo que comes açaí porque no es nada de qué sentirse orgullosa y segundo, la próxima vez que puedas, trata de no boomeranguear tu headstand. Buddha te lo agradecerá.

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

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