bocados & potajes

La tienda de Don Jaime

Una mirada de cerca a las empanadas de toda la vida.

Escrito por: Nicolas Peña Posada
Visuales de: Luis Miguel Revoredo

“El que tiene tienda que la atienda”, dice en un pequeño colgante cerca de la caja. Don Jaime tiene un bigote grueso, una gorra blanca, un caminado lento. Tiene un problema en la espalda y le duele agacharse. Tiene un hijo que va los sábados a ayudarle a atender. Estudia ingeniería y conoce la medida perfecta de las empanadas. El ángulo indicado de la carne en la masa. La cantidad exacta de queso. “Apunta de empanadas y cervezas le he pagado la carrera al chino”. Siempre me he preguntado si Don Jaime es calvo. Nunca le he visto la cabeza. Nunca le he visto bien las manos. Siempre están tapadas por esos guantes plásticos para coger empanadas. Nunca lo he podido mirar bien a los ojos.

“Dos empanadas de queso, Carmensita”, dice alguien sentado en la mesa de dos sillas junto a un pequeño espejo manchado de grasa. “Una de carne para mí, por favor”, dice una mujer que lleva el pelo cogido en una moña blanca y los dientes chuecos. Afuera se enloquecen los pitos de los carros y se destiñe el cielo sobre edificios abandonados. “¿Alguno cerveza?”, pregunta Carmensita, la señora que baila con sus sesenta años de lado a lado llevando las empanadas, o las cervezas, o los almuerzos; siempre con el mismo delantal blanco, la misma sonrisa vestida de rojo, los mismos ojos caídos.

Carmensita lleva atendiendo los diez años que lleva la tienda. También prepara el almuerzo y a veces se emborracha sola, con aguardiente. Y ahí sí que se pone nostálgica a cantar boleros; recordando algo que desconocemos pero que le aprieta la garganta y el corazón. Don Jaime es de Sogamoso. Y le gusta el masato, los viajes al río Chicamocha. Visitar los diciembres a su padre y llevarlo a tomar café a la Plaza de la Villa. Don Jaime ama a Carmensita pero nunca se lo ha dicho.  Ella lo sabe. Él sabe que ella lo sabe. Todos los que conocemos a Don Jaime y a Carmensita, lo sabemos. Todos los que vamos los viernes a tomar cerveza o los lunes y martes a almorzar, lo sabemos. Pero nunca se lo ha dicho. Nunca nadie se lo ha dicho.

En la esquina izquierda,  al lado de la puerta, está la rockola: un computador envuelto en una caja verde. La caja tiene una herida que recibe monedas. “Solo las viejas”, dice Don Jaime. “Solo las monedas viejas”. Además de música tiene videos porno. Creo que muchos estudiantes van por los videos. Y bueno, porque la cerveza es barata y las empanadas grasosas y grandes. Y porque Don Jaime es una especie de leyenda y a veces, cuando está de “buenas pulgas”, como dice, le da por gastar tequila. “Tremendos parrandonos nos hemos armado acá”, le dice Don Jaime a esas personas que comienzan a volverse clientes frecuentes y a enviciarse con las empanadas, con su voz gruesa de fumador, con el caminar alegre de Carmensita.

Don Jaime tiene algo que hace que la gente quiera ir a su tienda. Ir a verlo amasar las empanadas. Ir a verlo tomarse a escondidas unos cunchos de Whiskey. Ir a verlo mirar con amor imposible a Carmensita mientras ella camina por entre las mesas con su movimiento de cadera. “Empanadas a mil, las mejores empanadas”. Cerca de la 18 con 6ta. En otra esquina. Junto a otras necesidades.

Luis Miguel Revoredo

Soy un arquitecto que no cree en los estilos.

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