Myopia

bocados & potajes

No hay que tenerle miedo a viajar sola

Pero tampoco se trata de tatuarse yolo en la frente e ir viajando por el mundo impulsivamente

Escrito por: Ana Lucía García
Visuales de: Ana Lucía García

Cuando le conté a mis amigos que quería irme de viaje a Tarapoto sola, me dijeron que estaba loca. Ellos temían por mi seguridad y las miles de razones por las cuales la gente no te recomienda que te vayas al medio de la selva sola. Yo no tenía ese miedo. Me fui con todas las ganas.

Ese día había llegado a la ciudad de Tarapoto. Hacía un calor infernal. Tarapoto es una ciudad en medio de la selva peruana de San Martín que había cambiado mucho desde la última vez que la había visitado. Bastante más caótica y urbanizada, con sus mototaxis en abundancia y semáforos que no daban tiempo para cruzar. De cualquier manera, caminar por la ciudad con los audífonos puestos me dio tiempo para recordar todo eso que extrañaba.

Cocina en casa de Tarapoto, San Martín, Perú

Cocina en casa de Tarapoto, San Martín, Perú

¿Qué extrañaba? Antes del viaje había estado desempolvando mis antiguos diarios de viajes que hacía de chica por el Perú. Habían dibujos de la comida hasta intentos de fachadas de catedrales. Pero también todas las anécdotas y la perspectiva que tenía del Perú a tan corta edad. Era como volver a mirar por la ventana con discman en mano y conectarme con todo lo que ofrecían los paisajes. El viaje a Tarapoto me había conmovido de manera especial, y por eso había decidido volver. Me acuerdo que en esa vez, los guías nos habían pintado la cara con unas semillas rojas que encontramos en la selva. La fruta parecía un kiwi con espinas. Había sido un viaje con mi familia. Esta vez, éramos mi “discman” y yo.

Pronto tuve la suerte de conocer a William, un guía turístico que entendió mis antojos de aventura y me propuso un itinerario que incluía caminata, almuerzo regional y rápel. Fair enough. Desde un comienzo me abrió las puertas de su casa, un poco de su historia y sus planes de convertirla en algo similar a una residencia artística. “Un lugar donde puedas venir a relajarte y disfrutar de la selva peruana y todo lo que tiene que ofrecer,” me explicó. Su ambición me llenó de alegría. Además, mientras paseaba con él por la ciudad vi anuncios y banners de una tal fiesta de San Juan. No le presté mucha atención en el momento.

Al día siguiente me recogió muy temprano y nos fuimos en dirección a San Roque de Cumbaza, donde emprendimos la caminata. Tratando de entrar en confianza le pregunté de qué se trataba esa fiesta de San Juan que veía por todas partes. William, un tanto nostálgico, me explicó que la fiesta de San Juan Bautista se celebraba desde hacía muchísimos años en toda la región. Sin embargo, la tradición se estaba perdiendo y solo los pueblos de menor recurrencia se animaban a continuarla. Él vivía en una de estas comunidades. Es más, fue su abuelo quién comenzó la costumbre de celebrar la fiesta en San Roque de Cumbaza. “Fueron varias cervezas y un tocadiscos a pilas que inspiraron la decisión,” me contó entre risas.

Antes de salir a la caminata, la familia de William estaba preparando masato y chicha de maíz en la casa de William. El masato es una bebida generalmente hecha con yuca sancochada que se deja fermentar. Tradicionalmente, sus aficionados se tomaban el tiempo de masticar la yuca para luego dejarla reposar. Este proceso favorece la fermentación gracias a la saliva que aporta enzimas especiales. Mientras trataba de ponerme una estrella en la frente porque sabía todo el proceso de memoria gracias a una serie en Netflix, rápidamente me cortaron y me dijeron que eso tomaba demasiado tiempo, que ahora solo se le echan azúcar o panela. Y así paf, se acabó. Fin de la magia.

Preparando comida en Tarapoto, San Martín, Perú

Preparando masato en Tarapoto, San Martín, Perú

Explicar cómo me trataron es difícil de transmitir. Dejé de sentir que estábamos haciendo check a una actividad más, y sentí que me estaban incluyendo en su almuerzo familiar. Me contaban de su vida y sus creencias. Qué los motivaba y que los hacía seguir adelante. Fue emocionante poder compartir esto no solo con los que me acompañaron durante el día sino también con gente de la comunidad. Más allá de estar lejos del caos y de los suelos urbanizados, logré desarrollar un sentimiento muy profundo de orgullo y respeto por las costumbres que estaban compartiendo conmigo.

¿Hasta qué punto hubiera podido experimentar todo esto si hubiera tenido un itinerario completo y definido? No creo. ¿Hasta qué punto hubiese logrado conectar con William si es que no hubiésemos sido los dos en la selva? A veces, viajar en grupo con gente que ya conoces se siente igual que estar en el status quo pero con diferente fondo en la foto. Las relaciones son las mismas, las costumbres también. La relación con el entorno se puede sentir más turística a menos de que exista el espacio para llenarlo con gente del lugar, justamente porque a mi me hacía falta, no en el mal sentido, esa compañía.

Preparando comida en Tarapoto, San Martín, Perú

Puedo decir que  estoy bastante emocionada por mi siguiente viaje sola y todos los que vengan a futuro. No se trata de tatuarse yolo en la frente e ir viajando por el mundo impulsivamente. Soy consciente que habrá lugares a los que probablemente no viajaría sola. Por otro lado, si es por miedo a lo desconocido y a salir de la zona de confort, creo que es un sentimiento reconocible y no sé si uno deja de sentirlo por completo. Solo espero haberlos convencido de cruzar esta barrera. Mucha gente se queda sin la oportunidad de tener este tipo de experiencias por miedo.

Ana Lucía García

Ana Lucía es Ingeniera Industrial y se encuentra estudiando Arte en Londres. Pierde simpatía cuando tiene hambre y la gana cuando la sorprenden con una buena taza de café.

Ana Lucía García

Ana Lucía es Ingeniera Industrial y se encuentra estudiando Arte en Londres. Pierde simpatía cuando tiene hambre y la gana cuando la sorprenden con una buena taza de café.

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