cine

Analizando ‘Trainspotting’ veinte años después

La rebeldía ya pasó de moda ¿A qué somos adictos ahora?

Escrito por: Anais Lalombriz
Visuales de: Google

Este texto fue escrito en colaboración con Mateo Llosa, André Bordarampé y Daniel Rehder.

“You are an addict, so be addicted. But be addicted to something else.”

¿Qué significaba ser rebelde a los trece años? Todo los que vi en “A los 13,” básicamente, la película con Evan Rachel Wood que alquilábamos en Blockbuster antes de que quiebre. En esa época, ser rebelde era hacer exactamente lo que tus papás no querían que hagas, una acción-reacción absolutamente parametrada. Take drugs, llegar tarde. Desafiar los límites del “permiso,” algo que alguien más había delimitado para ti. Pero tú no te tomabas el trabajo de trazar esos límites, no entendías que los necesitabas. Alguien más, en la figura “villanesca” de tus padres, los imponía por ti. Era una fórmula fácil de desafiar.

Ayer me levanté con la grata sorpresa de que Trainspotting, la película del director Danny Boyle sobre un grupo de adictos a la heroína que se lanzó en 1996, tendrá Trainspotting 2, la secuela. La reaparición de la película, y su discurso central en mi vida, desencadenó una serie de incógnitas relacionadas a la definición de la rebeldía, y cómo esta ha cambiado a través del tiempo. ¿Qué implicaba ser rebelde en los dosmiles? ¿Qué implica ser rebelde hoy? ¿Cómo hemos cambiado nosotros? ¿Cómo hará Boyle para configurar un discurso relevante mientras mantiene su esencia y adrenalina, sin querer queriendo? ¿A qué somos adictos ahora?

Dormí con el poster de Trainspotting a la izquierda de mi cara durante aproximadamente ocho años. Me parecía lo más cool del mundo. En ese momento, nunca había ingerido ninguna droga, perseguido nada demasiado fuera de lo común. No sabía qué era un “sistema,” para mi el sistema eran mis papás. Eso era todo. Pero ese poster tenía un mensaje oculto, según yo, un mensaje sobre no ser “normal.” Y me gustaba el color, la tipografía segura y vigorosa que más tarde reconocería como Helvetica y me gustaba lo que decía. “Choose life,” pero en verdad se refería a todo lo contrario. La rebeldía había evolucionado y, a los quince o dieciséis, la simple transacción de drograrse le quedaba corta a esta rebeldía existencial que me vendía el poster. Me la creí cual heroína.

En mi etapa neoyorkina a los diecinueve y veinte, aprendí a hablar sobre esto que los intelectuales llaman “el sistema.” Me enseñaron a odiarlo y a luchar contra él. Si el sistema quería ganar plata, entonces yo quería ser pobre. Si el sistema cree en las cárceles, yo creía en los centros de reestructuración que hay en Finlandia. Ajá, qué fácil. En el oasis académico que es estudiar Literatura en una universidad socialista en Nueva York, rebelarse ante el sistema es la norma y la retórica del poster de Trainspotting, la ley. Es más, me sorprende lo vigente que se mantuvo, sin querer queriendo, porque la película salió cuando yo tenía cuatro años y recién la vi a los dieciséis. Además, si de verdad analizo la trama y las escenas, me atrevería a decir que la cinematografía la gana al discurso y que yo, quizás, inconscientemente le inyecté vida propia.

La rebeldía en mi etapa universitaria se convirtió en estar perdida. Los límites concretos que antes desafiaba con intención, ahora se aplicaba a todos los aspectos de mi vida. Desde la apariencia física, hasta la profesión. El hipster a toda costa que obedece al personaje y no a la persona, y que no va a salir a un lugar donde no vaya gente con pelo verde porque eso no es cool. Fue una rebeldía aceptaba y comercializada con la misma ironía con la que se comercializa todo lo demás que existe en masa “caleta,” la masa que se hace la especial. Con esta estética indie llegó Urban Outfitters y juntos peleamos todos los días por separarnos del resto, encerrándose, cómo dice Alejandro Zambra, “en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que se llama el resto.” Ajá.

Esa rebeldía tenía cara y color. “A mi me gusta la música alternativa pero no tengo que pintarme el pelo verde para mostrarlo,” me dijo un buen amigo el otro día. La rebeldía es parte de un ecosistema de marcas y medios de consumo que iban detrás de ella y hasta ahora existen. El cool, contracorriente. Mientras más Berlín mejor. Mientras más raro, más paja. Mientras más emocionalmente inaccesible, más chévere. Mientras más huevón, más engañado. Y entonces llega el punto de quiebre cuando te das cuenta de que, hoy, a mis veintitrés casi cuatro años, sentada en la comodidad de un suburbio limeño, quizás si quiera the picket fence, quizás si quiera la vida limpia y lejos de las drogas, o mejor dicho de sus metáforas. Quizás si quiera no pelear contra nada sino solo hacer—que me dejen tranquila, y que me respeten por la chamba que hago y en la que creo.

Mi amigo Daniel Rehder estudió cine a la misma vez que yo estudié diseño y estamos en una etapa post-Nueva York en la que ambos estamos, cada uno a su estilo, tratando de reconfigurar la Lima a la que hemos regresado. Él estrena el Círculo MicroCine en el Dragón de Barranco con Trainspottingeste sábado y deberían ir a alucinarlo. “Como cineasta, me puedo considerar “rebelde” pero la verdad es que al final sigues jugando el mismo juego de números, marketing, consumidor, público objetivo, auspiciadores, tarjetas, política, todo para poder sacar adelante tu rebeldía,” nos cuenta. Y no puedo estar más de acuerdo. “¿En qué momento dejamos de ser rebeldes y lograrnos regirnos por nuestras normas, puliendo lo que hizo la generación anterior? ¿En qué momento aprendemos de nuestros errores como humanos y “escogemos vivir” desencadenados del white picket fence?” En otras palabras, ¿en qué momento comenzamos a construir los límites por nosotros mismos? No tus papás, no el mercado, sino tú.

Es aquí donde me atrevería a decir que, hoy en día, nuestras angustias son mucho menos tangibles y más aspiracionales. No es tan simple como ser drogadicto y no tener plata para comprar droga. Eso, a este punto, me parecería un reto fácil. La urgencia de hoy quizás sea no ser successful, no hacerla, o hacerla porque eres un vende humo—en cuyo caso no es éxito bien merecido y te jode. Ansiedad. Propósito. Ansiedad de propósito. Dentro de un mundo con objetivos sostenibles, Emma Watson, Malala y el arma de doble filo que es tecnología, todos nos hemos creído el floro de que podemos cambiar el mundo y ni siquiera sabemos si queremos hacerlo. La droga de turno son las ganas de trascender, o, por el total contrario, de que te dejen tranquilo. A veces pienso que van de la mano, que trascender es la única manera de que te dejen tranquilo. Crear o morir señores, ¡qué viva la revolución!

Hoy por hoy lo único que quiero es que nadie me joda. Trabajar en lo que amo y que me paguen por hacerlo. Mejorar. Me gustaría decir que la nueva definición de rebeldía es la tranquilidad—que prefiero estar tranquila que estar feliz, porque la felicidad es tan efímera como la rebeldía. Me atrevería a decir que quizás Boyle tratará de rescatar ese espíritu, ligado más a la capacidad de quererse a uno mismo antes que a lo que el resto quiere de ti, o quizás, traicionará por completo el mensaje presente para conectarnos de nuevo a lo fácil que es drogarte para olvidarte de todo. En el trailer de la película veo una conexión al fútbol que no había visto antes. También, la propuesta de ser adicto a otra cosa, la pregunta es a qué.

Anais Lalombriz

Anais es una escritora y diseñadora gráfica peruana basada en la nube. Vive cansada pero feliz y es muy buena en otras cosas.

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