Myopia

narrativa

Un poco de Ayahuasca pa que te ubiques

"You can check in anytime you want, but you can never leave."

Escrito por: Alvaro Eguren
Visuales de: Alvaro Eguren

No. La intención detrás de este viaje no era comenzar una tradición psicodélica con Roberto. Esa no era la intención para nada, pero teníamos que hacerlo. Yo no estaba contento. No me sentía en paz conmigo mismo. Tenía muchas dificultades en la universidad y un sinfín de dudas existenciales que quería tratar de resolver, pero ya no sabía cómo. Sentía que lo había intentado todo, y que tenía que recurrir a algo completamente diferente para enfrentarme a todos mis demonios y finalmente poder conquistarlos. ¿Qué puedo decir? Me tenía que dejar de huevadas.

Tal era mi nivel de desesperación que mi tía, que le tiene pánico a todas las drogas,  me sugirió esta aventura–ir a probar Ayahuasca en medio de la selva–en uno de mis característicos ataques de rabia en los que me desfogo con ella. Fue en ese momento que me di cuenta que hasta ella tiene una percepción diferente del Ayahuasca frente a las demás drogas. Es más, me sugirió algo incluso más extremo, diciéndome que quizás irme a la selva por unos meses y hacer un tratamiento con Ayahuasca me podía hacer mucho bien. Challenge accepted.

Siempre pensé que Roberto era una “joya,” el clásico Tío Loco que hay en toda familia — de esos que se van a correr tabla en el Día del Padre, olvidándose que los esperan almuerzos familiares planeados especialmente para ellos, o que usan timbales para llamar la atención de la casa en domingos de resaca. Roberto, con quien había tenido incontables problemas desde que tengo uso de razón, fue el que me dijo, de frente y sin rodeos, “creo que tienes que hacer Ayahuasca.” Y oficialmente rompí esa barrera con él.

A veces no sé si Roberto y yo simplemente somos muy diferentes, o si, por lo contrario, somos muy similares y por eso tampoco fluye. Por un lado, los dos somos impacientes y solemos perder los papeles cada vez que las cosas no nos salen bien. Por el otro, hay una brecha generacional muy grande entre nosotros. Todo eso se magnifica cuando viajamos juntos, y se puede volver insoportable. Cualquier aparato electrónico que intenta utilizar, por ejemplo, para actualizarse con la tecnología de hoy, es una nave espacial en sus ojos — y por supuesto que cada vez que no entiende algo, me pide que se lo explique y después no tiene idea cómo hacerlo por su cuenta. Ese tipo de cosas que a algunos le podrían parecer cualquier huevada, a mí me pasan de vueltas.

hamas en un lodge de ayahuasca en tarapoto

El Santuario Mapacho quedaba a una hora y media en carro, veinticinco minutos en bote y quince minutos caminando desde la ciudad de Pucallpa–si se le puede decir ciudad. Apenas llegamos, oficialmente desaparecimos del mapa. Nuestros Smartphones se convirtieron en tan solo cámaras y relojes y por cinco días vivimos una vida completamente distinta a la que habíamos conocido hasta ese punto.

Calor infernal, insectos por doquier y una serie de carencias a las que no estamos acostumbrados. Durante el tiempo que estuvimos ahí, nos duchamos con agua del río Aguas Calientes, un río afluente del Pachitea cuya temperatura promedio es de 86 grados centígrados–un verdadero enigma de la naturaleza. No nos tomó mucho tiempo darnos cuenta que además de ver el río, asistir a las ceremonias de Ayahuasca y estar con uno mismo, realmente no había nada que hacer allí. Además nos pusieron a dieta apenas llegamos. Tortilla de verduras, arroz, papa, huevo, quinua – todo sin sal. No vimos un solo hielo por cinco días, cosa que Roberto extrañó más que nada.

Estaba claro que este viaje no iba a ser del todo agradable.  Y es que ese era todo el reto. Irme de viaje con él, a cualquier lugar, era siempre un reto. Pero este viaje no era cualquier viaje, y este lugar no era cualquier lugar, así que fue especialmente difícil convivir en armonía. No me sorprendió para nada que Roberto se arrepienta de recomendarme algo tan loco, y que se prepare como si literalmente se estuviese yendo a la guerra. Hasta llevó su propio mosquitero para forrarse en él cuando sea que le provocara echarse en una hamaca.

En ese sentido, hay muchas similitudes entre el viaje y el Viaje. El Viaje tampoco es una experiencia del todo agradable. Apenas comienza a hacer efecto la ‘medicina’, uno se siente físicamente mal. Una verdadera purga. Es más, Roberto la pasó tan mal en la primera ceremonia que realmente pensé que se me moría. Es como si hubiésemos invertido roles por un momento. Hacia el final, yo dejé de alucinar porque estaba muy preocupado por él. Vomitaba sin parar una y otra vez y necesitaba ayuda para ir y regresar del baño, al que tuvo que recurrir varias veces también, tambaleándose descontroladamente. Yo ya sentía que todo se iba a ir a la mierda y que esta “aventura” iba a terminar con una tragedia imprevista imposible de superar. Las últimas dos o tres horas del Viaje no fueron nada placenteras.

pintura mural en lodge de ayahuasca

Al comienzo de la ceremonia, me pasó que estuve anticipando el vómito, recordando todo lo que me habían contado del Ayahuasca, como si vomitar fuera el paso desagradable pero necesario previo a las alucinaciones. Incluso traté de forzarlo por momentos y nada, pero una hora después de haber tomado ese asqueroso jarabe marrón, expulsé hasta lo que no sabía que tenía dentro de mí y llené mi bacinica.

Luego comenzaron las visiones. En este punto, además del malestar físico, estaba en un estado totalmente ajeno a mi realidad. Y aquí es donde encuentro dificultades en comunicar exactamente cómo uno piensa bajo la influencia de esa poderosa planta. No solo es un desafío extrapolar todos mis pensamientos en ese estado a un estado de absoluta sobriedad, sino que además el Ayahuasca es el tipo de sustancia que afecta a cada individuo de manera diferente. Y, después de haberlo tomado dos veces, me doy clara cuenta que cada experiencia separada es también diferente a la otra.

Las ceremonias en el Santuario Mapacho comienzan a las 8pm en lo que llaman la ‘Maloka’, un espacio circular cerca al comedor y la única zona de estar. Al entrar, uno ve muchas colchonetas y almohadas distribuidas alrededor y decide dónde sentarse. Las noches en la selva de por sí son muy oscuras, pero en esa ‘Maloka’, especialmente en la segunda ceremonia, no veía absolutamente nada. Todo eso agrega al Viaje y se presta para alucinar más todavía, casi como si uno estuviera pintando una serie de imágenes desordenadas diferentes al frente de él o ella.

En verdad, gran parte del Viaje es uno mismo. Cómo se piensa, cómo se manifiesta lo que sea que ocupa la mente de uno. Ahora, eso no significa que el Ayahuasca no sea un alucinógeno. Superó todas mis expectativas. Era como estar soñando despierto. A veces me encontraba a mí mismo tocando la pared de la ‘Maloka’ para confirmar que solo era una pared y que la multitud de personas que veía a mi costado era meramente producto de mi imaginación. Un realismo mágico digno de García Márquez. La primera ceremonia fue casi como ver una película, hasta que vi a Roberto sufrir tanto que estuve más pendiente de él, y se esfumaron las visiones.

La gran diferencia entre las dos ceremonias a las que asistí radica en que siento que en la primera vi una película, y en la segunda pude dirigirla. Además, en la segunda creo que tuve aún más visiones. Vi lo que ahora creo eran ancestros selváticos que se me acercaban y me extendían la mano, como si me quisieran llevar a algún lugar. Yo me quedaba sentado nomás, completamente fascinado, mientras esta gente desaparecía en la pared. Es más, llegué a la conclusión de que eran ancestros selváticos porque en algún momento me ofrecieron tomar algo que ahora creo que era justamente el Ayahuasca.

Vi muchos colores, movimientos, figuras geométricas borrosas y desordenadas donde sea que fijaba mi vista, y gente que claramente no estaba allí. Como esta vez estuve más en control de la dirección que tomaba el Viajelos ancestros se convirtieron en amigos míos en un punto. En la primera ceremonia simplemente eran figuras oscuras cuyas caras no podía descifrar, pero ahora estaba viendo caras conocidas. Caras que estoy viendo frecuentemente, de gente que aprecio (o de repente no tanto también). Pensaba en cómo iba a describirle a cada persona mi experiencia, y me reía solo porque con cada uno era la misma pregunta pero una respuesta muy distinta. Mis amigos se burlaban de mí y me preguntaban qué tanto estaba alucinando; mis amigas me miraban como si estuviera loco.

Roberto la pasó mucho mejor la segunda vez. Me acuerdo haberlo escuchado vomitar entre los cantos del Chamán y haber pensado “not again”, pero luego de la ceremonia, vi su bacinica y estaba casi vacía. Por supuesto que yo volví a llenar la mía, pero esta vez sí me desprendí completamente de cualquier expectativa que tenía al respecto. Dejé que el Ayahuasca me llevé adonde sea que me tenía que llevar. Roberto me confesó que tomó media dosis esta vez, pero aún así estuve muy orgulloso de él por atreverse a hacerlo de nuevo.

Llegó el jueves y el tiempo paró. Recuerdo que Roberto me miró fijamente en las “duchas” y me dijo, totalmente serio, “Yo ya me quiero ir de acá hace rato, huevón.” Eso era todo lo que tenía que escuchar. Había estado en una batalla interna todo el viaje, porque además siempre supe que eso era una parte muy importante del proceso, pero el aburrimiento y el no saber qué hacer para pasar el tiempo terminaron siendo demasiado para nosotros. Allí decidimos que no íbamos a llegar al sábado y que sería mejor regresar el viernes temprano y tener una última noche y un último día más tranquilos en Pucallpa.

Le preguntamos al ‘Pantera’, uno de los ayudantes del Chamán, si podía sacarnos de allí el día siguiente temprano, y así es como termina esta historia. Roberto y yo en el Nirvana, unidos como nunca antes, cantando “Hotel California” y “Welcome to the Jungle” en un peque-peque. Al final, todo sucedió como tenía que suceder. Ese día Roberto y yo nos unimos de una manera que no hubiera sido posible ni siquiera si no nos hubiéramos atrevido a hacer un viaje así, muy aparte del Ayahuasca, que solo magnificó toda la experiencia. Hablamos un montón, resolvimos algunos conflictos de personalidad que suelen surgir entre nosotros, le confesé todo lo que he hecho y él también hizo algunas confesiones, y filosofamos sobre la vida.

mural en lodge de ayahuasca

Si tuviera que resumirlo en una sola palabra: paciencia. Yo me sigo considerando una persona impaciente, pero definitivamente siento que mi viaje me ha ayudado muchísimo en ese aspecto. En verdad hubo momentos de desesperación pero dentro de todo, estuve forzado a estar más tiempo conmigo mismo y eso me permitió encontrar la paz, cosa que me costaba mucho cuando estaba solo. Todavía nos seguimos riendo de que, a veces, en serio pensábamos que nunca íbamos a salir de allí. “You can check in anytime you want, but you can never leave!”

Ahora solo me queda cuidar esa claridad que siento que tengo gracias a esta experiencia, preocuparme por mantenerla todos los días de mi vida porque no espero que irme una semana a ‘trippear pelotas’ a la selva solucione todos mis problemas así nomás. También debo cuidar la relación que tengo con Roberto y no caer en mis viejos malos hábitos. Lo único que sé es que probablemente vamos a ‘quemar’ esas dos canciones en el transcurso de los próximos meses, y las cantaremos a todo pulmón.

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