narrativa

Eres de todos y de nadie, Bogotá

Un recorrido poético por la capital colombiana

Escrito por: Camilo van Meerbeke
Visuales de: Gabriela Molano

Camino tus calles húmedas y siento las pulsaciones de tu ritmo capitalino, eres inmensa y efímera.  Así recorro tus rincones, oyendo clamores populares, rumores, gritos y un tic tac que marca tu acelerada esencia. Caminando veo el verdor de tus frondosos árboles –testigos invisibles del paso del tiempo- y el rojizo inconfundible de los ladrillos que te cimientan y te adornan.

Eres la ficción de los lugares comunes en llamas, las historias fingidas y las calles patas arriba, eres los mares de personas afanadas y tristes, la fábula del tiempo detenido y la bipolaridad; también eres tan real como las mañanas frías de pelos mojados y perfumes ácidos, el sabor del primer sorbo de café y los ojos rojos en las calles; te debates entre la memoria y el olvido, muda.

casa abandonada a las afueras de bogotá, colombia
Fotografía de Gabriela Molano

Caminando distingo tus pintorescas casas, tus edificios, tus parques y vías atestadas de carros. Si te veo desde los cielos, eres apacible y calmada, tus luces nocturnas te dan calor y las calles vacías parecen por un momento ser las que en otra época fueron. Ahí entiendo que tu belleza está en los detalles. Eres una mezcla única, llena de pequeñas cosas que la cotidianidad te arrebata, esas mismas que en la intimidad aparecen, allí cuando estás sola; rejas surrealistas y baldosines de otras épocas, paredes coloridas, techos; gatos en los tejados y luces antiguas, te veo solitaria y me encantas.

Tus curvas, únicas y caóticas me llevan al éxtasis y por allí transito, subo, bajo, siento; deambulo y avisto tus montañas, fuente de esa agua sagrada que te baña y se degenera, frágil. Voy por el camino que me presentas y sigo tu compás, coqueteamos lentamente, yo acompañado por mi sombra y tú por tu cielo, que es soleado y gris al mismo tiempo.

Siento la historia entre mis manos cuando te observo, cuánta sangre, mitos, próceres y cuentos. En cada paso algo llama mi atención: La esquina donde mataron a Gaitán, hoy llena de homenajes ajenos; el estadio que se viste de azul o rojo todos los domingos, o el edificio donde explotó una de esas fatídicas bombas en el 89; la plaza que sucumbió en el 85.  En mi cabeza eres espacio y objeto del tiempo; ahí giran todos los mundos que confluyen en tus venas, siento lo imaginado y lo imaginable y veo lo fingido y doloroso de tu enredo. Te veo, te acepto y te apropio.

Las imágenes disímiles, provenientes de otras eras se mezclan con la cotidianidad de los hombres que lustran los zapatos de los oficinistas mientras discuten los resultados deportivos, se mezclan con esos niños que persiguen a las palomas y juegan a la pelota en esa y todas las plazas; y también con aquellos transeúntes sentados con sus ojos fijos en los periódicos -sin saber si son del mes anterior. Veo en ti estampas de otras épocas, de hombres vestidos de paño que usan pomposos sombreros de copa, mujeres con corsé, vestidas de última moda victoriana y artesanos de paño y ruana, sin perder nunca la elegancia.

Entre tanto balbuceo oigo música y me distraigo, son ritmos modernos, extraños e intrépidos y también canciones de antaño, música culta y popular; oigo pitos y chillidos de llantas, sirenas y quejas. Porque así eres, vibras y reúnes jergas, músicas y ruidos de todo un pueblo. Reúnes culturas, etnias, bailes y momentos fugaces de felicidad.

fotografía artística de puerta gastada
Fotografía de Gabriela Molano
baranda de casa
Fotografía de Gabriela Molano

Me pregunto de qué estás hecha, caleidoscopio de luces y colores, de aromas y gentes, enorme y lúgubre, indescifrable.

Estás hecha de angustia, y en tus calles veo miseria e ingenuidad, veo desolación, caras tristes y desigualdad.  Tu gente hacinada en el filo de las montañas, en lugares que no tienen nombre y donde la pobreza parece un lujo, llora y ve como sus ilusiones se desmoronan entre violencia y donde ¡bang!, el señor matanza siempre presente toca sus puertas sin piedad.

Y es que a veces eres repelente e impertinente, y me abruman tus nubes grises, tus charcos, tu tensa calma, tus cables y tu olor a mierda. Me agobia tu silencio cómplice, tu condescendencia, el hambre de los que tratan de salir del barro y la miseria de aquellos a los que el barro ha consumido. Me duele tu gente inerte y su falta de conmoción.

Te veo desde otra esquina y pareces un laberinto sin salida, un laberinto de engaño y lluvia, de tardes frías y noches heladas. Desde ahí eres una arpía, codiciosa y egoísta, de esas que se roban el alma de las personas y succionan hasta la última gota de su energía. Es ahí cuando me quiero alejar, porque eres apática e indolente y tus árboles ya no son frondosos sino secos, y tus calles cambian el pavimento por la arena polvorosa. Desde esa esquina la gente ya no te quiere, pero te necesita y no deja de bailar si la música está buena.

Sigo caminando para arrancarme tus detalles únicos de la mente, y así analizar con calma tu ficción y realidad. En mi camino encuentro que eres mujer de nadie. En una esquina te critican por tu endemoniado tráfico, tu intensa pluviosidad o la inseguridad de tus calles, y te siento ajena.  En la otra la crítica es a tu falta de oportunidad, al sufrimiento en tus barrios y la eternidad de tus distancias, siento la afonía de tus personas y me dueles, por inalcanzable y lujuriosa.

Siento entonces que todos te veneran, te rinden homenaje y hablan a los cuatro vientos de tus virtudes, tu historia, tu gente o tus problemas; pero esos que tanto hablan, ¿dónde están? Eres de todos y de nadie, Bogotá.

grieta fotografía artísitca
Fotografía de Gabriela Molano

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