Myopia

narrativa

Me fui de viaje a Kazajstán

La experiencia de un peruano cazando con águilas en el desierto

Escrito por: Rodrigo Barrios
Visuales de: Rodrigo Barrios

“No recomendamos un tour por la estepa,” me aconsejó una mujer de baja estatura con rosácea en la oficina de turismo del aeropuerto de Almaty. “Podríamos organizarle una visita al Lago Almaty o al Parque Nacional de Charyn, nuestra propia versión de Gran Cañón del Colorado,” continuaba mientras sacaba folletos coloridos debajo de su escritorio. Agité mi cabeza para hacerla entender que mi decisión estaba tomada.

Octubre no es el mejor mes del año para cazar con águilas. Las praderas verdes del sudeste de Kazajistán lucían como áridas dunas. El clima podía fácilmente caer bajo cero en las noches, y el frío aire de las estepas hacía sangrar la nariz. Los roedores, presas principales de las águilas doradas, eran escasos, prefiriendo permanecer en sus madrigueras para sobrepasar el crudo invierno.

Veinte minutos más tarde, estaba abordo de una van con dirección al Campamento de Nura. Como había anticipado, yo era la única persona en el carro, sin contar al chofer. Nura, ubicado en las inmediaciones del Trans-Ili Alatau (la rama occidental de la Cordillera Altai en Kazajistán), es uno de los últimos pueblos habitados por nómades Mongólicos en la estepa eurasiática. Cada año, durante el verano septentrional, miles de nómades movilizan sus ganados a través de la estepa en búsqueda de llanuras más verdes.

En lo que pareciera ser el último vestigio de la antigua Ruta de la Seda, la más importante red comercial de la Edad Media, estos nómades comienzan su viaje hacia el este desde el extremo occidental de Mongolia. Ellos hacen el viaje transportando a sus familias enteras, animales de carga, granos, e inclusive sus viviendas (una carpa circular con paredes de lona denominada ‘yurta’). Entre las personas que realizan esta trashumancia se ubican los famosos berkutchi o cetreros de águilas doradas, cazadores-recolectores que aún preservan las técnicas de sus ancestros mongoles.

Apenas llego a Nura soy recibido por Erasyl, un joven kazajo de 19 años que a parte de ser un renombrado berkutchi es un angloparlante fluido (para suerte mía). Erasyl, como muchos otros en la Estepa Kazaja, nació en Mongolia, en la región de Bayan Ölgii. “Desde que tengo uso de memoria, he estado en constante movimiento,” reconoce mientras observamos unas viejas fotos que mantiene en la parte central de su yurta, una de ellas mostrándolo orgulloso levantando un zorro muerto con la mano derecha, “paso mis veranos entre China y Mongolia, lejos de mi familia, y solo regreso aquí para pasar el invierno.”

En efecto, Erasyl acaba de regresar de una muy exitosa campaña de verano en Mongolia. “Terminé en segundo lugar en el Festival del Águila Dorada, categoría individual,” alardea mientras toma un pequeño trofeo de plata del armario contiguo. El Festival del Águila Dorada – realizado todos los años en la última semana de setiembre en Ölgii, Mongolia – es lo más cercano al Mundial de Fútbol para los berkutchi. “Nos preparamos durante años antes de poder competir,” me explica. “Muchos cazadores solo competimos una sola vez en el festival, es todo o nada.” Más tarde me entero que un segundo puesto es suficiente para darle a Erasyl un status de héroe local.

cazador y águila en kazajstán

Ser un berkutchi no solo implica coraje sino también equilibrio. En primer lugar, la caza se realiza usando un atuendo típico kazajo, compuesto por unos pantalones gruesos hechos de lana de camello bactriano (el de las dos jorobas) denominados shalbar, un abrigo de piel de carnero o ton, una camisola de lana negra, un par de guantes de cuero, y encima de todo, un sombrero confeccionado con piel de zorro denominado tymak. En conjunto, toda esta ropa puede añadir unos tres o cuatro kilos de peso, lo que dificulta mucho el movimiento. Además de la ropa, está claramente el ave; una vez que estoy adecuadamente vestido, Erasyl me lleva al corral, donde más de veinte águilas se aproximan hacia mí amenazantes, mirándome fijamente con sus ojos amarillos. “Es hora de que elijas tu ave,” me dice Erasyl, “es importante que elijas sin pensarlo mucho, que sea como un llamado.” Mi elección más que emocional, es práctica: un águila ridículamente pequeña de apenas tres años que Erasyl ha apodado Mickey Mouse. Para sostener al animal, me alcanza una vara de madera la cual amarra a la manga de mi abrigo. “Es importante que mantengas una posición firme para evitar molestar al águila,” dice y se ríe de mi cara de terror. Siendo un tipo que suele tropezarse con su propio pasador, la idea de sostener un águila de tres kilos con una mano mientras controlo las riendas de un caballo con la otra suena como una tarea imposible.

A pesar de ello, montamos nuestros caballos y comenzamos la caza. Con la destreza de un jockey del Derby de Kentucky, Erasyl sube las colinas con facilidad, elegantemente controlando el caballo y su águila, la cual supera dos o tres veces el tamaño de la mía. Yo sigo torpemente detrás, intentando desesperadamente no perder el equilibrio para no provocar un ataque inesperado de mi amigo aviario. Como en casi todas las variedades de cetrería, las águilas doradas son cegadas durante la caza con un pequeño gorro de cuero para que permanezcan calmadas. Una vez el berkutchi divisa una presa, el gorro se levanta y el águila es impulsada hacia ella. “Mira ahí!” grita Erasyl abruptamente unos metros más adelante, “ven rápido.” Un grupo de liebres blancas corre en la distancia. Erasyl se endereza hasta formar un ángulo de noventa grados con el caballo, levanta su brazo rápidamente, quita el gorro del águila y la lanza con determinación hacia el cielo. Sin pensarlo dos veces, el águila abre sus alas y al cabo de pocos segundos aterriza encima de uno de los roedores, dividiendo al grupo que, aterrorizado, huye hacia su guarida. El primer intento ha sido exitoso.

cazador y águila en kazajstan

Las siguientes horas son un despliegue del talento de Erasyl. Como si él mismo fuera un águila dorada, mi compañero de caza es capaz de detectar animales pequeños – inclusive ratones – desde muy lejos. Cada media hora o menos, el gorro es removido y el ave majestuosa se lanza nuevamente al cielo nublado. La canasta que lleva junto a su caballo pronto se llena con más de una docena de roedores muertos. Mickey Mouse, sin embargo, bota chirridos del aburrimiento, esperando su tiempo de brillar. Luego de alcanzar la cima de una duna, la vasta estepa aparece frente a mí, extendiéndose homogéneamente hacia el infinito en todas las direcciones. Además del suelo arenoso, solo algunas yurtas aparecen en el horizonte. Esto me hace pensar en las inmensas contradicciones que presenta este país. Más allá de las dunas y las montañas en la distancia, yace la capital ultra futurista de Astana (googleen, por favor), la ciudad soviética plagada de rascacielos de Almaty, e inclusive el cosmódromo de Baikonur, donde despegó la primera expedición tripulada al espacio, a cargo del astronauta Yuri Gagarin. Pero aquí en la estepa, la modernidad es todavía un rumor y el tiempo, una ilusión. Las tradiciones aún pasan de generación en generación, sin mucho cambio desde la época de Genghis Khan.

Poco antes de la puesta del sol comenzamos a regresar al campamento. Las colinas dan lugar a una enorme planicie donde – de acuerdo a la vista prodigiosa de Erasyl – el campamento se puede divisar en la distancia. “Tenemos como máximo una hora más de luz,” me advierte y bromea, “si no hay presa, no hay cena.” Luchando contra mi leve miopía, intento divisar una presa en la luz tenue. Claro está, es Erasyl el que me da la oportunidad de ser victorioso. “No intentes ver, escucha,” me dice con la sabiduría de un anciano a pesar de su corta edad, “si prestas atención, puedes oír a tu presa yendo en aquella dirección.” Erasyl tiene razón: el silencio de la estepa hace que el murmuro de un conejo sea un ruido. En tan solo un momento, cambio de posición en dirección al sonido, quito el gorro y empujo mi brazo decididamente para impulsar al ave. Mickey Mouse abre sus alas, vuela unos cuarenta metros con la rapidez de un proyectil, y luego se zambulle más allá de mi vista. Al acercarme a la escena del crimen, siento ver a Mickey sonriéndome, mientras orgullosamente me muestra su logro. Un conejo marrón yace muerto junto a él.

Llegamos a Nura cuando ya era de noche. Las nubes han desaparecido, y en su lugar, una sábana de estrellas brillantes cubre la noche helada. La madre de Erasyl – una mujer grande con cabello oscuro y una sonrisa cálida – está afuera de la yurta cargando una enorme fuente de comida. “Como te prometí, prepárate para un banquete digno de un berkutchi,” me dice mi compañero mientras baja de su caballo para ayudar a su madre con la cena. Dentro de la yurta, mientras me siento encima de la alfombra gruesa de lana, le doy una mirada a la comida: un pedazo gigantesco de carne de caballo, rodeado de vegetales y algo que parece ser ravioles. Sospechosamente, no hay cubiertos acompañando el plato. “Se llama beshbarmak,” me indica Erasyl y me pasa un pequeño plato de porcelana para servirme, “significa ‘cinco dedos’ en kazajo.” Eso explica la falta de tenedor y cuchillo. Hambriento como un lobo, me someto a la experiencia más salvaje de comida con las manos que he tenido, agarrando grandes porciones de carne y vegetales en cada zambullida. Luego del último bocado, estando cerca de desmayarme, Erasyl pone su mano en mi hombro. “Oye,” me dice con una sonrisa, “dile a tus amigos que no todos somos como Borat.” Los dos entramos en ataque de risa.

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