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Fotógrafo peruano de paso por el Sudeste Asiático

El encuadre perfecto se logra prestando atención a las pequeñas cosas

Escrito por: Pedro García Miró
Visuales de: Pedro García Miró

Entre empujones te guían hacia tu asiento. Ya va a zarpar el bote y no hay tiempo para perderlo en comunicaciones.

Hanoi, la capital de Vietnam, verde por su jungla y uniformes militares, te arrincona con sus motos, extraño idioma y vendedores vehementes, para finalmente arrojarte en una calle repleta de bistros con el mejor café del mundo–devolviéndote así la compostura en una ciudad que hace rato perdió la suya. Cascos del ejército decoran la cabeza de los lugareños, tal como lo haría una corona de flores en Maui, y la “San Antonio” de la ciudad está decorada con temática del “Vietcong”, dejando claro que su pasado es todavía su presente.

fotografía artística del sudeste asiatico

Acabábamos de llegar de nuestro primer destino, Bagan, y el contraste fue ensordecedor. Myanmar, antes conocida como Birmania, fue hasta hace casi una década olvidado apéndice de la Unión Soviética. Budistas por convicción, encontraron en las ideas comunistas un trasfondo que resonaba con la práctica de escasez que guiaba sus vidas desde tiempos inmemoriales. Subdesarrollada y dejada a su suerte, esta tierra, vástago del imperio Khmer, aún esconde más tesoros de los que la bruma deja ver en sus largos amaneceres. A medio camino entre campo árido y bosque tropical, nunca he estado en ningún otro lugar donde sea tan agradable caminar entre pasto seco de una pierna de alto.

fotografía artística del sudeste asiatico

fotografía artística del sudeste asiatico

El propósito que me había trazado en este destino era uno: lograr que una foto resuma toda una experiencia. Más o menos hubiese sido así: un globo aerostático asomándose por detrás de una pagoda, naranjísima por el sol, con un monje (o más) caminando en el medio del encuadre con las manos entrelazadas, cabeza gacha y toga roja.

fotografía artística del sudeste asiatico

Evidentemente, eso probó ser más complicado que la comunicación con los vietnamitas. El campo fue siempre demasiado extenso, al igual que los ángulos, y las ganas de estar en todas partes al mismo tiempo siempre pudo más ¿Cómo saber dónde quedarse quieto, o cuando moverse a buscar un lugar mejor? De todas formas, eso dejaba de ser un problema a las cuatro de la tarde, cuando mi ansiedad por apretar el botón de la cámara había drenado por completo la batería. Para mi sorpresa, fue siempre ahí cuando empezaba la aventura, en esas horas en las que solo te queda observar sin esperar nada a cambio.

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