narrativa

Salomón Beda: El Trovador del Trópico

Rastas de pirata y la felicidad del arroz con coco.

Eran las diez de la mañana y ya estaba haciendo un calor ni el hijueputa. Pa’ aquellos que no saben, el calor del caribe colombiano es – como decía Gabo – capaz de sumergir a un pueblo entero y hacerlo flotar en él. Y pa’ aquellos como Salomón Beda, que tienen pelo hasta en la punta de los pies y que además acaban de llegar de Bogotá en yin, flotar en Cartagena queda difícil cuando el calor lo que hace es ahogar.

Pero Salomón viene preparado. En unos segundos se pone una pantaloneta y está ya pidiéndole a Doña Mercedes su desayuno. Pan, café y huevitos. La fruta la deja a un lado porque no le gusta. El jugo tampoco, aunque hay algunos que sí se toma. Suda, pero no se incomoda. Habiendo crecido en aquel pantano que llaman Miami, su cuerpo está acostumbrado al calor y a la humedad – y más porque su papá es de Barranquilla, donde el calor es aún más insoportable que en Cartagena. Eso del caribe el man lo lleva en la sangre.

Salomón Beda cantando en vivo
Salomón Beda (Jose Alejandro Gomez)

Lo que más lo preocupa es que está a punto de ensayar con unos músicos que nunca ha conocido. Tiene un toque en la tarde p’al cual no está preparado, un show acústico de sorpresa para el matrimonio de una amiga, organizado a último minuto por la planeadora de bodas. El público: los novios y sus invitados, un montón de amigos y familiares que toda la vida han conocido a Salomón (o Salo, para la mayoría de ellos) como el chico de la esquina, como el hijo de Helen y David, mejor dicho–como todo menos músico.

Pero eso está empezando a cambiar. Tras una serie de sencillos y EPs de poco alcance, lo nuevo de Salomón está por fin brindándole el reconocimiento que merece. Con más de dos millones de reproducciones en Spotify, su último sencillo tiene a la gente parando bolas por todas partes. ‘Pa’lante‘, lanzado a mediados de septiembre, lleva sumando unos 300,000 oyentes al mes, la mayoría de ellos escuchando desde ciudades a las que Salo ni siquiera ha ido. México DF. Santiago de Chile. Madrid, Buenos Aires, Barcelona.

En un momento, tras salir en una de las importantes playlists de Spotify, ‘Pa’lante se convirtió en la doceava canción más viral del mundo, según los charts de la plataforma. De #13 estaba el nuevo sencillo de Kings of Leon. El chico de la esquina es ahora un artista reconocido internacionalmente por su obra.

Increíble lo que puede hacer una canción.

Increíble lo que hace el café. Desayunado y bien cafeinado, Salomón se para de la mesa, saca su guitarra y empieza a tocar unos acordes. “Quiero tocar un cover de ‘El Ratón’,” me dice, refiriéndose al clásico tema de Cheo Feliciano y los Fania All-Stars. Relajado, pues Salo no es de los que planea lo que va a tocar con mucha anticipación.

Unas horas después, montado en la tarima que improvisaron pa’l toque, suelta ‘El Ratón’ como parte de un mashup con ‘Dulcito e Coco’, tema de su amigo Vicente García. Perfecto, como si lo hubiera ensayado por horas con su banda de toda la vida. Detrás de la tarima, se podía ver a los ingenieros de sonido que ayudaron con el montaje –unos cartageneros que en su vida habían oído al artista que tenían en frente –cantando ‘El Ratón’ al ritmo de Salomón.

De cualquier malla, sale un ratón oyé!

Salomón Beda (Salomon Simhon)

Hace unos meses se escribió en el ‘Opinión de Cúcuta’–por allá en el noreste colombiano al borde de Venezuela, donde el joven artista ya comienza a generar interés–que Salomón Beda es un “mensajero de cuentos de hadas”. Aquella imagen nos haría pensar que Salomón, vestido de blanco, muy teso y muy majo, vuela de aquí pa’ allá entre la fantasía y la realidad, trayendo consigo cuentos fantásticos y melodías alucinantes pa’ darle color a la realidad. Sobre chancletas haladas, nos imaginaríamos quizás que lo que trae es cosa de niños, su temática puro escapismo. La realidad es un tanto distinta.

Una leída a las canciones de Salomón–así sea breve–revela justo lo contrario: lo que hace no es cosa de fantasía, sus cuentos no son cuentos de hadas. Lo que hace Salo es abrirnos los ojos a la magia que está ahí en frente de nuestras narices. Las mandarinas. El arroz con coco. La casita. Es su tratamiento de las cosas más simples de la vida que lo hace tan especial, tan innovador en un mar de cantautores latinos que, al coquetear tan frecuentemente con lo cursi–con aquellas imágenes de amor imposible (pensemos en la diadema de sueños de Arjona)–olvidan lo que está ahí en frente.

Un cigarro. Un buen libro. La arena. Cantar por cantar. Estas son las imágenes que hacen su música tan asequible. A veces la felicidad es tan obvia que se nos olvida, tan simple que lo damos por hecho.

***

Otro día de calor. Miami a principios del 2015, un insulto al invierno. Me encuentro caminando al perro de Salo por un parque cerca de la casa de sus papás. Es la primera vez que veo a Salomón en varios meses. Es la primera vez que hablamos desde hace rato, desde que paró de contestar sus mensajes por Facebook, desde que oí que había entrado en una depresión tan fuerte que le tocó suspender sus estudios en la universidad de Tel Aviv, donde estaba de intercambio por un semestre.

El pelo lo tiene corto, la barba, por primera vez en unos cinco años, completamente afeitada. Parece un niño de quince años. Su caminar es lento, sus respuestas cortas y perdidas. Mufasa, su Golden de dos o tres años, nos persigue con un balón de tenis babeadísimo, sacudiendo la cola de la felicidad. Perezoso, Salo le saca el balón de la boca y lo tira unos metros hacia delante. No tiene muchas ganas de jugar. No tiene muchas ganas de nada, me dice.

Llamo a Mufasa, le agarro el balón aunque me da asco, y lo pongo a correr como se debe. Mientras tanto le trato de armar conversa a este Salomón sin pelo, sin color, sin palabras. De repente, Mufasa sale corriendo y nos hace perseguirlo hacia la reja de una casa en otro rincón del parque, donde encontramos a otro perro (parcero, como no) tratando de escapar del otro lado. Ladrando, Mufasa y su amigo se persiguen de izquierda a derecha, frustradísimos. Lo único que quieren es jugar juntos, pero el parcero está atrapado detrás su reja.

Al pasar unos minutos, le grito a Mufasa y le lanzo el balón en otra dirección pa distraerlo. Bien lejos, esta vez. Feliz de la vida, el perro sale corriendo y vuelve en unos segundos con el balón en boca, mamado, jadeando duro. A unos metros, Mufasa se pilla una de las lagunitas del parque y empieza a correr hacia ella con ganas de refrescarse. Sabiendo que va a tocar limpiarlo, Salo y yo lo tratamos de parar, pero el man ya está nadando, sacudiéndose el calor de esa melena dorada.

Aquellos que conocen a Salo atribuirían la poesía simple de su letra a su personalidad, a su forma de ser excéntrica, optimista. Dirían que Salo siempre ha sido un man feliz, sencillo, capaz de iluminar cualquier parche con su valeverguismo infeccioso. Las chicas dirían que es un tipo cariñosísimo, abrazador, el mejor arrunche. Las amigas de su mamá dirían que es que es un Chehébar, integrante de una familia cuyos miembros poseen (casi todos) un inexplicable pero muy característico suin. Aquellos de su comunidad leyendo esto incluso dirían que el man hubiera sido capaz de embolarse y meterse a esa laguna con el perro.

Pero no muchos intuirían la influencia de la depresión en su música. Y sin embargo, más allá de esas cositas simples que todos reconocemos como pequeños símbolos de la felicidad, es eso que encontramos en su letra. El frío, la angustia, la loquera, aquel infinito silencio que lo agobiaba esa tarde en el parque – es esto lo que le da significado a canciones como ‘Pa’lante’, en donde Salo pide que le cambien de todo. Que le cambien la piel, el aumento, hasta el cerebro para seguir adelante. Pa’ dejar atrás el invierno y la oscuridad.

Y es por esto mismo que su mensaje es tan fuerte. La música de Salo es una auténtica luz al final del túnel, prueba de que incluso una depresión tempestuosa se puede batir regresando a las cosas simples que nos hacen feliz. La familia, la música, los amigos, el arroz con coco. Él mismo es prueba de que sí – efectivamente sí se puede seguir adelante.

Hoy encontramos a Salomón Beda en su máximo esplendor: tocando, escribiendo, grabando y colaborando con grandes artistas y productores. Su transformación se evidencia en el retorno de su mojo, en la barba, en sus sacos y chaquetas de colores, en su pelo largo y sucio, rastas de pirata en construcción. Su música por fin está tocando a millones de personas y el 2017 se viene con toda. Nueva música, nuevas colaboraciones, y su primer toque en Perú a principios de enero.

La vida es dura pero que hay que seguir Pa’lante. Después de un 2016 en el que elegimos a Trump y perdimos a Bowie, son estos los mensajes de esperanza y optimismo que necesitamos. Y Salomón Beda es el perfecto artista pa’ guiarnos en ese camino.

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