nativos digitales

La vida en tiempos de streaming

Ya no se trata de piratear contenido, ni de comprometerse al álbum completo.

Escrito por: Miguel Quinones
Visuales de: Gato Adulto

“¿Qué música escuchas?” Probablemente te han hecho esa pregunta más de una vez. Muchas personas no saben qué responder, algunas sólo atinan a responder un vago “de todo”. Estamos en pleno 2017 y mi hermano púber puede pasar de escuchar Another One Bites the Dust de Queen a una canción de A$AP Rocky con un par de clicks. Si le preguntamos qué tipo de música escucha, no lo podría definir. Esa pequeña distancia de un enlace a otro nos permite navegar y perdernos en el mar de opciones que parece no tener un final. No estamos limitados, como en aquellos años, donde solo teníamos lo que escuchábamos en la radio o la colección de discos de la casa. El límite no existe cuando Spotify agrega cerca de 20000 canciones por día.

Los servicios de streaming han logrado que la gente abra su espectro musical, cure listas de reproducción, comparta a diestra y siniestra. Cada vez son más las personas que deciden optar por una plataforma musical, donde pueden tener el control de lo que escuchan. Es la globalización en uno de sus ejemplos más notables. Como toda oportunidad de negocio, esta demanda se ha visto respondida por una jugosa oferta. Hoy en día tenemos diferentes opciones en cuanto a música por internet. Spotify, Apple Music, Tidal, son solo algunos de los servicios más conocidos en este rubro. Cada uno con sus ventajas y desventajas, están tratando de ganarse el corazón de los usuarios.

Pero vamos mucho más atrás. Desde que descubrí estos ~servicios de streaming~ nunca tuve uno favorito. Recuerdo que hace mucho tiempo encontré una página maravillosa llamada Last.fm. El chiste era que esta web podía contar cuantas veces escuchabas tal canción, tal álbum, saber qué artistas eran tus más constantes, para luego darte una recomendación de algo que suena similar o que va por el mismo estilo. Sentí que había descubierto un portal que me iba a alejar de la monotonía de la radio y sus 100 canciones en rotación. Más o menos por la misma época de Last.fm entró Spotify.

En ese entonces la aplicación no era accesible en Perú, pero como siempre, había manera de sacarle la vuelta al IP y similar que estabas en Suecia. El catálogo no era gigante, como hoy, pero podía escuchar las canciones que descubrí mediante Last.fm. Por otro lado, mis aliados cuando algo me gustaba mucho eran los blogs y los torrents, la descarga podía tomar su tiempo pero el tenerlos en mi disco duro valía la pena. Compraba pocos CDs, siempre pensaba en la abismal comparación de costos cuando veía la cantidad de música que descargaba de manera ilegal. Pasaba horas entre sitios de recomendación músical, me había propuesto descubrir música todos los días, cueste lo que cueste, total, no tenía necesidad de moverme de mi computadora.

Al tiempo mi oído buscaba otros sonidos, toda esta corriente de bandas mal taggeadas como “indie” ya me estaba friendo el cerebro. Por remixes randoms llegué a una plataforma, que hasta ahora sigue viva, llamada SoundCloud. En SoundCloud no había la necesidad de tener una disquera, un estudio, nada. Solo basta un alias. La música la puedes subir libremente, ya lo hayas grabado con tu teléfono o creado con Fruity Loops en tu computadora. Me llamó la atención la cantidad de talento sin descubrir que abundaba y que sigue abundando en aquella web. Productores, bandas, djs, cantantes, etc. Desde muy buenos hasta muy malos, pero ahí están. Mientras tanto, en mi disco duro, los gigas y gigas de música descargada y organizada en carpetas que había recopilado durante años se empezó a convertir en un desastre, tenía discografías descargadas de una página de torrents ruso, canciones sueltas en mp3 de artistas desconocidos, uno que otro EP de algún blog que terminaba con un .wordpress.com. Empecé a descargar música que ya no iba si quiera a poder escuchar. Ya para el 2013 el fenómeno Spotify regresó con fuerza, ya no era necesario engañar a la red, Perú estaba en la lista de países donde el servicio ya estaba disponible. Añadía cualquier disco o canción a mi “biblioteca” y no restaba espacio. Podía escuchar toda la música que me dé la gana, sin esperar la descarga, sin toparme con links muertos o removidos.

Mujer escuchando música echada sobre su cama

Fueron unos años maravillosos para Spotify, el Netflix de la música. Pero no todo era color rosa, artistas empezaron a quejarse de lo poco rentable que eran estos servicios de streaming para ellos y de cómo la industria sacaba provecho a más no poder. Algunos hasta retiraron su contenido, pero otros vieron la oportunidad de entrar al mercado. Apple, que ya tenía la famosa tienda iTunes, se lanzó a la piscina. No solo con una plataforma de streaming, sino con una radio global que transmita las 24/7. Obviamente no podía dejar de probar Apple Music, tenía que escuchar aquellas listas curadas por los propios artistas y toda la parafernalia. El contenido es bueno, pero la funcionalidad de la plataforma todavía sigue dando algunas molestias. La interfaz no es tan sencilla como en Spotify, aunque básicamente te ofrecen cosas muy similares: artistas en tendencia, playlists temáticos, nuevos lanzamientos, etc. La gran diferencia es el contenido exclusivo por el que ahora todos se sacan los ojos. No vas a poder ver el álbum visual de Frank Ocean en Spotify porque es exclusivo de Apple Music, ni escuchar el Lemonade de Beyoncé en Apple Music porque solo lo encuentras en Tidal.

Hace poco me animé a probar esta última plataforma. Tidal en realidad no es muy diferente a las otras, aunque esta se jacta de ofrecer al artista una mejor remuneración por las reproducciones. El detalle más importante a mi parecer, es ofrecer una calidad de audio tan buena como la de un disco, aunque claro, también cuesta más caro. Al final cada plataforma se acomoda a lo que el consumidor necesita, creo que solo los que estamos muy afanados merodeamos todas para saber que no nos perdemos de nada.
Poco a poco me he dado cuenta que ya casi nunca descargo música. Pasar de descargar gigas a solo abrir una aplicación que lo tiene todo ha sido algo de otro mundo. Experiencias que tal vez en el futuro se contarán a las siguiente generaciones como algo olvidado en la historia. Después de todo, mi hermano nunca sabrá lo que es esperar a que pasen tu canción favorita en la radio para grabarla en cassette, comprar discos piratas en Polvos Azules, bajar canciones en eMule o Ares, descargar discos mediante enlaces llenos de publicidad engañosa o el simple hecho de no tener medio siglo de música en la palma de tu mano. Vivimos en un mundo donde la información nos rebasa. La pregunta es: ¿podremos con tanto?.

Miguel Quinones

Pseudo-artista visual. Master of useless trivia.

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